lunes, 15 de marzo de 2010

NUEVO PAISAJE

"He conocido la ilusión de cerca, sentado en una roca junto al mar. Ante mi vista, la inmensidad del agua y su reflejo, el cielo. En el frío más profundo nace el movimiento y así el cambio rompe bajo mis pues, reventando en mil destellos luminosos. La vida pasa despacio o deprisa, cosa que no importa ahora que encuentro la intimidad.

En un intento de poner nombre al momento, de encarnar todas las sensaciones en una sola frase, mi mente se congela y se detienen los pensamientos, ahogados en el sonido hipnótico del rugir del viento. Crecen las olas del mar que llevo dentro. Estalla un trueno; se avecina la tormenta. Y, ahora, al girarme veo una luz que ha venido de fuera. Su brillo, tan azul como el cielo y tan pardo como la tierra, invade mis pupilas y la vida se me queda a oscuras. Todo es ella y nada más. No hay parpadeo que pueda evitarla. Mi cabeza ya ni gira porque, aunque quisiera —que no quiero—, en ella encuentro más respuestas: que si me quiere, que yo quién soy, que qué importa... Sólo esa luz. Consigo cerrar los ojos y veo el mundo por dentro. Todo queda a oscuras.

Ahora no hay luces, ni viento, ni mar, ni nadie. Sentado en una nube de polvo, me doy cuenta de que me costumbré a escapar de la realidad y, a veces, cuesta trabajo encontrar el camino de vuelta; aunque no he dejado de andar.

Aparece entonces surcando mi cielo una sensación que deja tras de sí una estela dorada de millones de reflejos que se evaporan. Amanece y la oscuridad se rinde al resplandor de dos soles gemelos: uno brilla ardiente y dorado; el otro duerme, hecho de hielo, reflejando la luz de su gemelo. Ante mí, bajo tanta luz inesperada, se ven ahora los bosques de mi interior. Hiere mi vista el paisaje desolado y devuelto al polvo, confundido con la tierra. Tanta guerra... tanta nada... Por respuesta, hasta el momento, las lágrimas hubiesen intentado devolver la vida al mundo en un inevitable fracaso. Los ríos barrerían los restos y dejarían crecer algo nuevo.

Hoy, sin embargo, dejando romper las olas a dos metros de mí, he conocido la intimidad, lo tranquilo y otra forma dulce de locura.

Cierro los ojos del pensamiento y dejo que los recuerdos esenciales, ésos que no son simples imágenes, sonidos o aromas, me llenen. Busco la luz de tierra y cielo; al encontrarla, sé que estoy donde debo. Abro los ojos por fuera y, al girar la cabeza, los de dentro se iluminan de golpe con la luz que me llega tan directa: tranquilidad, intimidad e ilusión recorren los caminos interiores que marca la luz. A su paso, los bosques reviven, aumentan y llenan los valles; se mueven las montañas y se abren mares y ríos y... luz.

Sigo por dentro el recorrido y, al llegar al que parece su destino, me sorprendo de lo que ocurre. Entre dos de las montañas más altas, las que más sombras arrojan a su alrededor y duermen el mundo, se han parado los tres destellos en lo alto, girando cada una alrededor de las otras en una especie de cortejo. Aumentan el brillo, la velocidad a la que se mueven y el nerviosismo. En una fracción de segundo, las tres se juntan en un solo punto y estallan. Una nube de fuego incendia el aire y asola las laderas de las montañas. Todo ha muerto ahí.

Al alejarse el humo y enfriarse el lugar, sin embargo, puedo ver el resultado de tanta violencia. Las gigantes de piedra han quedado arrasadas, limpias de los restos de los que no se podían deshacer, y el fuego ha hecho brotar nueva vida que lo cubre todo. Entre las dos, se extiende ahora un claro inmenso en el que se ven miles de puntos titilantes. Al acercarme, veo que lo que antes era desolación ha quedado convertido en un campo de color dorado, formado por todos esos puntos de luz que no son otra cosa que velas encendidas. No corre el viento, ni hay más luz que la que emiten las pequeñas llamas. Se respira un profundo silencio.

Sin poder apartar la vista de esta imagen, mi cabeza sólo se ocupa en comprender, en averiguar el porqué de este nuevo y precioso paisaje. Me fijo, sin querer, en una vela que hay junto a mis pies. Me pierdo en la llama que, desesperada, intenta llegar a la cera; ésta, por el mismo deseo de encontrarse con la llama, se deshace en deseos y nunca se tocan. Todo, en el silencio más íntimo. Una nueva vela nace, otra la seguirá.

Atrapado por este lugar de intimidad, tan lleno de paz e ilusiones, mi mente se relaja y vuelvo a la realidad hoy que, con las olas rompiendo a dos metros de mí, he conocido la intimidad y otra forma dulce de locura."

lunes, 8 de marzo de 2010

ILUSIONES

"Desde el pasillo, la estrecha franja de luz que asomaba por la rendija de la puerta abierta indicaba la única dirección que él quería seguir. Abrió lo justo para poder entrar y, con pasos muy medidos y cautelosos, cerró la puerta tras de sí. El frío se había quedado en el pasillo, deseando entrar sin poder, y el aire cálido y algo viciado le confirmó dónde se encontraba: su habitación de siempre.

Movimientos silenciosos. Casi deslizándose sobre la moqueta, su cuerpo le obligó a avanzar. No había terminado aún de mover la pierna cuando sus ojos se hicieron a la penumbra; le asaltó la imagen de un sujetador en el suelo. Caído, tirado con despreocupación, iluminaba en su mente nubes de pensamientos, de imágenes y de recuerdos. Como un resumen del sentido de su vida, como si todo lo importante del mundo hubiese quedado concentrado en un sólo punto, esa prenda albergaba todas sus sonrisas.

El corazón, como siempre le ocurría, se desesperaba en un latir impaciente al verse —con el cuerpo— inmóvil, quieto, sin avanzar hacia su destino. Poco a poco, las imágenes de sus ilusiones se fueron disipando para permitirle recuperar el movimiento. Con ritmo pausado, siguió acortando la distancia hasta la cama, inhalando cada segundo, cada brillo de la luz.

A su derecha, cerca de los pies de la cama colgaba en parte un vestido blanco dejado sobre el colchón. Sin acercarse un milímetro a él, pudo aún así notar la fragancia del perfume que llevaba ella esa noche: tan dulce que invitaba al contacto de la piel. Siempre era el mismo olor, que lo transportaba a una realidad propia, que lo colocaba en su lugar, el del destino. Puso la mano sobre el vestido y su piel respondió al instante.

Cargado de la euforia que nunca dejaba de sentir en momentos como ése, se deshizo en ilusiones y deseos y dirigió entonces la vista hacia el lado opuesto de la cama, ansioso por ver allí la figura de mujer que quería recorrer y aprender de memoria, tumbada, dormida, esperándole. El movimiento, que debía durar una fracción de segundo se alargó y se convirtió en eternidad desquiciante. Un par de lágrimas brillantes asomaron; el ansia por lo deseado se desataba.

Al llegar la mirada a su destino, las lágrimas perdieron todo su brillo, se apagaron y secaron casi antes de nacer. De cualquier manera, el mar se estaba agitando; va a llegar la marea... No había nadie. En su cama no quedaba nada de aquellas arrugas con forma de mujer ni de perfume en la almohada. Si alguien hubo, allí no estaba.

Arrollado por la realidad, se giró en busca del vestido blanco, queriendo aferrarse a él como prueba de su propio ser pero, al mirarlo, desapareció lentamente. Cuando se dirigió hacia el sujetador, también éste se desvaneció. Todas las ilusiones desaparecían y él se preguntó entonces el origen de todos sus sentimientos. Fuesen o no reales sus ilusiones, él conservaba siempre los mismo sentimientos.

Algún día la conocería..."

jueves, 25 de febrero de 2010

PARA POCA LUZ, NINGUNA

"Las lágrimas tienen el peso de las decisiones y, ahora que se deslizan por la piel de tu cara, brillan con la tristeza de los errores. El tiempo se acelera, hierve el interior y revientan todas las presas; la vida se consume, no se oye ninguna voz y lo demás no cuenta, ni para tí ni para nadie. Sopla el viento y se congela todo lo pensado; muere lo que no ha existido aún a dentelladas, devorado en lo más hondo de la oscuridad que te arroja desde dentro ese agujero. Que tú sabes que para siempre, que te dices que mañana...; pero su presencia, día a día, de una a otra hora, te consume y te violenta y te maldice, sonriendo desde la locura.

Penumbra.

La calma toma el mando tímida pero impaciente. El viento ya no corta, acaricia los restos de tu mirada y seca la lluvia acumulada en tu interior. La luz, aunque ya casi desaparecida, somete la voluntad de todo lo que toca y lo impregna de melancolía, de tristeza dulce y de recuerdos. Imagen tras imagen, cada una con sus propios sentimientos, tiñen todas las ideas de un tono más y más oscuro hasta que el brillo se bate en retirada. Llega la noche y los fantasmas van apareciendo a la llamada de tu olor. Esperaban prudentes el momento de atacar, de sorber de nuevo de tu mirada y emborracharte de malos pensamientos, de amargar el aire, de pudrir el viento, envenenar todo lo que llevas dentro y aún más.

El oído interrumpe y se descifran palabras que destrozan. La primera abre la herida y la segunda entra directa a ver qué esconde el corazón. Y tú sólo te defiendes con palos y piedras... tampoco quieres hacer más, pero en tí hay heirdas que no cierran fácilmente y sobre ellas sólo está dispuesto a escuchar el silencio, que te susurra, mientras tanto, que estarás solo hasta que mueras.

Para poca luz: ninguna; voy a olvidarme de ti."

martes, 16 de febrero de 2010

UNA NOCHE...

“No dejes de acariciarme”. Al oír esas palabras la Luna, que no dejaba de curiosear la escena de los dos, se escondió tras un mar de nubes que pasaban y dejó que el tiempo se detuviese en los ojos de él. Durante un momento eterno, su mano no dejó de subir y bajar por la espalda de ella y los nervios se dispararon.

Todo el caos que sentía se ordenó sin objeción y se concentró expectante en la luz que nacía en su interior. Los objetivos de su existencia se acurrucaban en la espalda de la chica. Alerta por ella, fija la atención en cada aliento que se escapaba de sus labios, la perfección se hizo momento. Si la plena consciencia acompañara a esas palabras, nada más importaría.

“Sigue hablándome, por favor; me gusta tu voz”. Si la otra hizo que el mundo dejase de tener importancia, ésta desató la luz de lo más profundo. La energía y el calor de esa inesperada alegría se reunieron en los ojos de él, mientras ella mantenía cerrados los suyos, intentando conservar sus pensamientos. Una lágrima imaginada.

Sin palabras que sobrase, sin que una sóla fuese necesaria, le dijo en mil caricias que no la abandonaría. Aunque no se lo pedía, él permanecería a su lado; si le necesitaba, estaría así toda la vida.

Mientras su deseo lloraba angustiada, las ganas mismas de él se transmitieron a sus manos e intentó que emitieran todo el calor del mundo y la brisa de mil playas de arena; el impulso del contacto más sincero se abrió y deseó cobijarla eternamente. Nada más tenía ya sentido y nadie, aparte de ella, podría existir: el mundo en sus gestos. Cerró los ojos de nuevo y empezó a vivir sólo para ella.

Una vez hubieron pasado los nervios y la preocupación, apareció claro el camino a casa. Lentamente, él saboreó cada paso que ella daba, grabando con hitos luminosos en la memoria el recorrido que empezaba a descubrir. Sin darse cuenta, su mano seguía hipnotizada en las curvas de la espalda de la chica, ya no por preocupación, sino por dejar de sentir esa necesidad. Ahora que le hablaba consciente, que toda su confusión se desvanecía en la noche, quizá no fuese necesario; lo deseaba.

La Luna volvió de su escondite y se los encontró paseando por la calle, ajenos a su presencia. Pensó en fisgar en la conversación, pero cuando se acercó, la perplejidad asomó a su cara ante la luz que emitía la pareja. Más de cerca, ya con recelo, vio que toda esa luz brotaba de los ojos del hombre.

Temiendo un eclipse injustificado, la Luna dejó que el resplandor los acompañara a su destino. No sabía si los volvería a encontrar juntos, pero decidió esperar para poder aprender a brillar con la intensidad de aquellos ojos.

Y no hubo más palabras.

miércoles, 10 de febrero de 2010

ANHELOS

Añoro las palabras que todavía no has escrito; añoro todos los momentos que no he pasado en viloesperando a ver quién de los dos caza el primer suspiro. Añoro la cerveza en tusmanos y el sabor de tu mirada; añoro no ser quien nunca he sido y quien nunca dirá nada, que primero es lo importante. Este es, entonces, mi sitio.

Añoro tantas cosas que nunca me han sucedido que el tiempo pierde la noción de sí mismo y yo, con él, me pierdo en el rincón más escondido de mi propio corazón. Ya puede amanecer, que he bajado las persianas, no sea queme despierten quienes pueblan mis migrañas. Mañana será otro día; pero, si no lo es, si aparece nublado, gritaré con todo mi cuerpo hacia mis adentros; desgajaré las nubes y pintaré el sol de nuevo. Hasta que vengas...

Tánto añoro, que el presente deja de tener sentido y se desliza rápidamente hacia un pasado devorador e hiriente. O me mata, o lo exploto; recojo el poco aire que me rodea y todo aquello que añoro y lo abrazo hasta que se hunde en mí. Lo sufro, lo disfruto, lo hago indispensable para mí y, de ahí, absorbo la energía del momento. Dejo los ojos en blanco, la mente abierta y la añoranza se convierte en deseo: de tenerte, de mirarte, de saberte sin decirme nada y de escuchar el latido de tu corazón.

Anhelo tu parte en mi mundo y nuestro propio mundo aparte. Me engañen o no las ilusiones, me queda solamente esperar verte aparecer.

EL EXPLORADOR

Cuando todo lo que alcanzaba mi vista era oscuro, lacerante y me transportaba directo a la desesperanza, cualquier palabra que oía se convertía en un ataque a mis sentimientos. Por el ánimo del mundo, nada podia ser como yo lo veía, pues de otra forma moriríamos todos fundidos en negro metal.

Removí tierra y cielos para encontrar la luz que derrumbara la sombra de todos los castillos de mi interior. No encontré nada; empecé a torturarme. Cambio tras cambio, todo mi ser desaparecería por mi voluntad. Me comencé a desgarrar. Cuando por fin encuentro el brillo, la luz que lo difumina todo y que escampa millones de colores, las tornas nocambian. Si antes el mundo se consumía en la negrura, ahora se baña en deseos luminosos; si antes fui un suicida sentimental, ahora solamente soy un loco ansioso.

Removi tierra e infiernos para encontrar lo quemás me llegaría a degradar. No tardé en encontrarlo ardiendo, 4echando humo sin parar. Me arrojé entonces al fuego para que me consumiera y mezclara con el viento, pero se movió el aire y me enfrió la piel.

He aprovechado el apagón para remover, por fin, mis cimientos y averiguar por qué me he dado siempre miedo, por qué siempre me he odiado tanto en secreto. De momento, no saco nada en claro; sin embargo, durante la búsqueda encontré una prisión en la que yo mismo estaba encerrado. Abrí las puertas y, al salir, me acaricié y entré en mi propio cuerpo. Las miradas de los dos se unieron en la razón de uno sólo, que no se dirige hacia nadie porque nadie la busca.

Si esto es así realmente, que lo es, que no me busquen si no quieren compartir el aire.
Desde ahora, seremos nosotros; seré únicamente yo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

EL ALMA SINCERA

El alma impaciente no comprende el ritmo de la vida; pierde el compás de las notas, el no sentir de los demás y escucha atenta palabras no pronunciadas todavía. Triste y apagada, la incomprensión se le acerca y le susurra al oído: "¡Estás sola!". Loca y desbocada, comienza a emerger de lo oscuro su deseo. Lágrimas vibrantes. Ideas enterradas se le vuelven a los ojos y desquician sus entrañas. El alma, perdida, cae de rodillas al suelo y hunde en su soledad la cara. Nadie entiende...

Rechazada por desvelar su misterio, por desgranar los pedazos de interior que con tanto celo otros guardan, se arroja al vacío propio y busca entre todas las miradas. Solamente, incomprensión. Se rebela la garganta y la mente la sigue en su alzada; las dos juntas, de la mano, se consuelan en un millón de sentimientos que sólo el viento escucha. Sólo noche y viento.

De sus lágrimas: ira y rabia. De sus palabras, la rotura de la magia de lo oculto y precioso, de lo que más anhela. Habla claro y rompe el aire, se congelan las palabras. Pero ella no cree romper nada, que no cree en artificios, pues el corazón demanda y no puede hacer caso omiso. Necesidades, penas, amor y alma se funden en un grito eterno que revela, más que brama. No llega la voz a su destino y vuelve a guardar silencio en las llamas de su falta de dirección.

Estalla y remueve el miedo, sorteado sin problemas, hasta dar contra un muro de hormigón. Otra vez pierde las palabras y, sin ellas, ya no brilla el Sol. "¿Dónde están su calor, sus miradas y su pasión?" Recuerda que ya no brilla el Sol.

Pero si nadie quiere tener el valor, si nadie escucha o no comprende: ella ya no quiere Sol. Lo guarda, como tesoro, en la punta de su lengua a la espera interminable de alguien a quien repetirle: "No estás sola, no estás sola... yo soy tu Sol".

miércoles, 20 de enero de 2010

LA BESTIA, EL HOMBRE Y LA NIÑA

Para cuando pisó el colegio en el que le habían contratado, el cielo se había cubierto de nubarrones y amenazaba con derramar todos los males de su mundo sobre su cabeza. Tocó el timbre. Al abrirse la puerta, el aire se espesó y quedó gélido, cortante, al entrar en sus pulmones. Sin otro aviso más que el dolor lacerante, una tromba de confusión y caos se precipitó sobre su cabeza. Paralizado por un miedo indecible, el hombre empezó a notar una presencia oculta cerca.

A duras penas, consiguió entrar en el edificio, removiendo el mar de cemento que le llegaba por los tobillos. La lluvia no cesaba y cada vez hacía más frío. El aire ya no le cortaba al ser respirado, pues no quedaba prácticamente nada que cortar: por dentro, el hombre empezaba a ser un amasijo oscuro de maldiciones y dolor. Atravesó la puerta de la entrada, cruzó la sala y atravesó el patio.

Al otro extremo del solar que albergaba la pista de baloncesto: ella. No la había vuelto a ver desde hacía ya mucho tiempo; apenas recordaba ya su olor. Se acercó lentamente, arrastrando el peso del mundo tras de sí, y se detuvo justo delante de la bestia. Igual que en las ocasiones anteriores, era enorme (“quizá, un poco menos…”, pensó él) y su silueta oscura, cambiante, amenazadora y salvaje le decía que no saldría vivo de allí. Desapareció la luz y quedaron ellos dos únicamente, perdidos en los sentimientos de él.

Hipnotizado por el halo de dolor que siempre acompañaba a aquél ser demente y carnicero, ya ni siquiera pudo temblar o intentar huir; cuando hacía su aparición, ya no había nada que intentar. Moriría otra vez.

Como en dos fotogramas contiguos, la pasividad del animal —si bien él dudaba de su condición— estalló en una dentellada atroz que desgarró todo su interior. La tromba que le golpeaba desde arriba se hizo más intensa. Esa malnacida sin nombre le había arrancado el corazón de cuajo y ahora solamente quedaba un hueco sangrante en el lugar que antes había ocupado. La expresión de su cara, del horror, había saltado a la indeferencia; desidia ante todo, ante la vida. El siguiente ataque, ahora que ya no tenía lo más preciado, aquel lugar en el que se escondía en sí mismo de todo lo exterior, lo sintió como unas punzadas tremendas en lo más hondo de sus pensamientos. Sin nada ya que perder, sólo le quedó llorar por todo y por nada; quizá porque le rodeaba el mundo y nadie se paraba a mirar cómo era devorado. No tenía corazón para sentirlo ni mente que lo pensara, pero una extraña convicción en su interior le gritaba a voces que debían morir. Todos.

Sus ojos se encontraban ya a la altura del suelo, bocarriba mirando ausentes todo lo que le rodeaba, esperando vacíos que la bestia se alejase de su pecho y dejase de comer de sus adentros. “¡¡Puto bicho!!”, pensó.

Como si esa queja hubiese despertado algo en él, algo que no comprendía, sus resignados ojos se volvieron locos y se pusieron a girar todo lo que les permitía su naturaleza. De un lugar vacío, a otro sitio sin nada; así, nada encontraron. La locura aumentó su dolor y el interior del hombre prendió fuego y derramó lava desde el lugar de su antiguo corazón. Cuando la bestia saltó, alejándose de las llamas, él aprovechó la poca energía que le quedaba guardada a salvo en un rincón desconocido y se puso en pie. Al hacerlo, sus ojos inyectados en sadismo se encontraron cons focos de luz inmensos. Cuando remitió el resplandor un poco, se dio cuenta de que dos ojos se escondían detrás. Era una niña, aquélla con la que tantas veces había hablado, de muy corta edad, y a la que tánto cariño le había cogido.

Cuando ella lo vio, no se percató de la bestia, ni de la oscuridad ni del sufrimiento que rodeaba al hombre. Corriendo, se acercó hasta él iluminando el camino con su mirada. Él la contemplaba de rodillas ya, por no poderse aguantar en pie. La niña llegó hgasta donde él se encontraba y siguió sonriendo. No veía nada de lo que ocurría alrededor del hombre, solamente lo veía a él tal cual era, fue y sería, sin distorsiones ni prejuicios, sin opiniones contagiadas: sólo él.

—¿Te quedas conmigo? — Dijo la niña.

—No puedo… —susurró él.

Sin más palabras, la niña se le abalanzó al cuello y, aún sin dejar su sonrisa, le acarició la mejilla con un beso. Impotente, incapaz de cualquier otro movimiento, él se echó a llorar con fuerza. Ella no lo vio, ya se iba; tampoco hacía ninguna falta, mejor así.

Las lágrimas de felicidad que derramaba ahora eran claras y brillantes. Las nubes se movían deprisa y algunos rayos del Sol se colaban entre ellas y daban a esas gotas de alegría el aspecto de pequeños diamantes. La bestia, al ver el espectáculo de brillos intensos que brotaba de los ojos de su presa, aterrada por creer morir entre ellos, se lanzó al viento y, en un rincón oscuro, desapareció.

El dolor y la negrura se disipaban por efecto del cariño sincero. La pequeña no había visto el dolor que lo rodeaba a él ni la oscuridad de éste ni había oído las voces que le increpaban: sólo lo veía a él, sin nada más. Recobrando las fuerzas que pudo, el hombre se puso en pie y, con la inocencia de la niña y la verdad de sus ojos en mente, se marchó sin decir nada a nadie, con mucho que pensar.

jueves, 14 de enero de 2010

EL CIELO DE HOY

Fotos del cielo de hoy...

miércoles, 13 de enero de 2010

ENTRE HOY Y MAÑANA

Me contó la mañana que estaba loco por tí, que mi vida ya no me importaba. Mediodía me tranquilizó y me dijo que ya no te vería; me sacó un poco de mi locura, me apegó un rato más a la vida. Todos me dicen... La tarde no me dijo nada, ni siquiera me miró a la cara. La noche, me meció y susurrando me dijo (todos me dicen, pero yo sigo sin estar a tu lado): "tranquilo, mañana te cegará el Sol".*

Apareció el Sol entonces y con un bostezo deslumbró a la Luna, que huyó presa del pánico a cualquier otro rincón del planeta. Los rayos de las estrellas traspasaron mis párpados y me dejé aturdir por la ceguera. Brillantes en la oscuridad, demonios de luz roja danzaban nerviosos, ansiosos a más no poder por hincarle el diente a mi locura. Entre gritos y un frenesí luminoso, las imágenes van volando y se transforman hasta detener sus dudas en tu figura. Así, hora tras hora, los recuerdos inexistentes, el añoro del anhelo y el dolor de no tenerte se me clavan y desembocan en hirientes sentimientos.

El color de la luz y, con él, el de los demonios danzantes, cambia y aumenta de temeperatura. La calidez del amarillo se reinventa a sí misma y, en un alarido de sopor, el color se torna rojo. Las horas se ralentizan. Mi cuerpo, anestesiado por el calor repentino, recoge las fuerzas que puede como un lagarto al sol. Se me acercan las arañas de tu recuerdo y las devoro al sonreír. De la necesidad de la mañana, a la calma del mediodía. Aturdido y relajado por el sabor del fracaso, sé que puedo empezar a enterrar esperanzas. Otra vez, me olvido del añoro y me quedo únicamente con el anhelo. No te tendré; todo está en su lugar.

La luz se apaga. Los colores que me dormían y me obligaban a aceptar se van oscureciendo. Hojas, piedras y animales esperan inconscientes la luz de mañana. El aire se enfría y el mundo comienza su meditación.

La noche, vestida de negro para esconder sus alas blancas, se acerca dulcemente a mis oídos. Con la voz de mil estrellas y la ilusión de todos mis sueños, me roza con suavidad y me empieza a convencer. Toda la paz de la tarde, tras el dolor de la mañana, se duermen en el frío de mi cama. Las sábanas lloran tu ausencia; el helor de sus lamentos me eriza la piel. Me dejo llevar por el suspiro de la noche y la dulzura me llena, me acoge en un abrazo eterno. Vuelve el anhelo a mi consciencia y —yo, completamente quieto— desplaza a cualquier otro pensamiento. A oscuras, devorado por la huida del Sol de mi ventana, escucho atento la voz que poco a poco me hiptoniza. Me habla de todo y de ti, de tu ausencia, de este hueco en mis entrañas. Hace frío para desplegar las alas. La Luna me dice..., pero yo sigo sin estar a tu lado.

"Tranquilo, mañana te cegará el sol".



* De Todos me dicen (Agila, 1996), de Extremoduro, sobre un poema de Ramón Romero Ruiz.

martes, 12 de enero de 2010

RESINA

Un par de fotos que saqué el otro día en el Maigmó, mientras todos aún dormían tras una noche animada... Qué gusto da despertarse en la montaña con aire fresco, sin ruido de coches...

Resina de unos pinos:

miércoles, 6 de enero de 2010

SIEMPRE LO MISMO

Y, ¿ahora, qué? He estado toda la noche esperando, contemplando en segundo plano toda la acción de la que yo debería haber sido parte. Entonces, ¿qué?

Si no puedo resistirme a esos impulsos que no vienen viciados por nadie, a esos que me arrastran hasta lo más doloroso y placentero, ¿qué puedo hacer? Yo obedezco incansable pero sé que, al final de todo, estaré solamente yo sentado a la puerta de mi casa, esperando a alguien que no llegará.

¿Por qué, entonces, busco en todas las miradas que encuentro? Intento que la luz que me llega me dé alguna respuesta, pero con cada rayo que veo, más son las preguntas que me puedo formular. Tú, que lo eres todo, no significas nada, muy a mi pesar.

Esperaré que amanezca el mañana, ya que esta noche sólo me recodará a tí; pero, mientras tanto, me refugiaré en todas las miradas que me sea posible, perdiéndome en la inconscienca de la belleza irracional y asaltando cada sentimiento como único y duradero, como el último que vendrá. Vete lejos, si es lo que quieres, al fin y al cabo, yo ya no sé dónde buscar. Y me da igual morir a manos de mis amigos, que me destripen los sentimientos en secreto, que todo el mundo lo sabrá.

Estoy resignado a todo lo que pueda suceder, seas tú o sea el destino. La confusión me ha hecho desentenderme de la realidad y, por fin, estar yo conmigo únicamente. Os quiero, pero no os necesito, así que cualquier ayuda que me intentéis dar, será vana: no sé dónde he de morir.

Por favor, ya esoty cansado, si me podéis enseñar la salida, nunca más volveré a entrar.

Te quiero, pero adiós.

domingo, 3 de enero de 2010

NUEVO ORDEN

Deben morir.

¿Estamos ya cerca del final? ¿Es este ese nuevo orden que esperábais? Ahora que morimos a puñados, que nos arrancáis la vida como a insectos, ¿qué sentís? Pero, ¡qué pregunta!; no sentís nada. Nosotros sí lo hacemos: sentimos cada una de las gotas de sangre que derramáis, hundidos cómodamente en las butacas de vuestra noble miseria, con los ojos abiertos al brillo metálico de vuestra inconsciencia.


Nunca habéis oído un concierto de silbidos juguetear junto a vuestros oídos, ni vivido el espectáculo de ver un pequeño punto que zumba en dirección al suelo, que rompe el aire y se desliza; no lo habréis visto rozar el suelo y rugir contra todo lo que encuentra, cerca o lejos, blanco o negro. Desde el limbo, no podéis siquiera escuchar el impacto de las lágrimas que nacen del fuego y de la indefensión, tan confusas que ni la muerte las borrará de nuestra memoria.

Deben morir.

Antes de hacerlo, sin embargo, sed testigos de las plagas que nos han traído vuestros planes, de cómo os habéis manchado los bolsillos de rojo y de negro el corazón. Disfrutaría contemplando cómo los importantes quedáis limpios de mentiras y con la cara descompuesta de horror y de verdad.

Caerá la niebla que ven ante sus ojos
No la ven... Entonces ya queda poco.

Si los sueños de millones se cumplieran, mil niños volverían para miraros directamente a los ojos e incendiarios de rencor, de de odio, de sinceridad. Cómo me gustaría veros derretir en una masa negra y maloliente sin valor alguno, contaminando el suelo y enfriando el centro mismo del planeta. Aún así, esos críos seguirían con los ojos fijos en los vuestros, no dejando de torturaros ni un segundo, hablando sin voz y mueriendo para siempre ante vosotros. Concentraos bien en lo que os digan, no apartéis los ojos un momento, porque la verdad no es todo lo que nos debéis; después, os uniréis a ellos.

Si nuestros sueños se cumplieran, la noche con que nos habéis cubierto se haría añicos ante la luz de lo más profundo, de lo que no obedece a leyes o tiempo. Podríamos ver las miríadas de puntos luminosos devorando oscuridad e iluminando el mundo por completo, limpiándolo y devolviéndolo a su ser. Aún así, el vacío que habéis provocado en mi confianza me impide creer que supiéseis apreciar el resplandor, y harías oídos sordos a la llamada del orden auténtico, el antiguo, el natural.

Deben morir.

viernes, 1 de enero de 2010

NO ME CUADRA...

¿Así que duele? Toda esa infinidad de sentimientos que no esxiten se agolpan en tu corazón. ¿Y si morimos y volvemos a empzar? No vale. Las ansias y las noches de esperar siguen presentes y nada vale ya.

Te diría que olvidásemos y dijéramos que nada existe, pero el recuerdo hace mella y no podemos escapar. Si me sigues y no dudas, nos veremos en un mañana que al "tal vez" nada tiene que envidiar. Si me sigues y te dejas, el tiempo nos acariciará.

Que la brisa no aclare el cielo y las nubes te impidan despertar, es normal. Que la noche sea tan larga y los sueños no encuentren final, es normal. El viento no me calma; soñar es despertar.

Y, ¿si vienes conmigo? Y, ¿si te dejas llevar? Nos perderemos en los mares de tus ojos , que no existe nada más, en los brillos de tu pelo, en tu aroma de verdad, naufragaremos juntos en la mísera incertidumbre que, si no me lleva a tus labios, a ninuna parte me moverá.

jueves, 31 de diciembre de 2009

QUIZÁ

Dejo que mueran las horas que no he pasado contigo y anhelo sin esperanzas que vuelvan en forma de otras. El aire que respiramos, ése que es siempre el mismo, nos distancia al uno del otro y separa nuestras miradas. Si me acerco, tú te alejas; si te acercas, me quedo quieto.

No te muevas, que me partes; no te atrevas, que me muero.

Las manos que nunca he tocado y que apoyas en la mesa me llaman desde lo lejos intentando tenerme cerca pero yo, que desconfío de las miradas que me ciegan, le pregunto al viento hacia dónde sopla tu deseo y me contesta con desgana que siempre sólo al viento.

Me derrumbo.

Entre escombros que pueblan mis interiores y los restos de alguna guerra, las ilusiones que han quedado agonizan en desechos y miseria. Mi boca se abre pero hay silencio por respuesta entre pesadas lágrimas que descosen mi entereza. A través del pánico, el asombro deja paso a la belleza. Pero el miedo siempre puede y las palabras quedan inertes antes de salir despedidas y cumplir con su tarea.

La boca está muda; el silencio es quien reina.

Quizá sea mañana el momento que esperaba escondido entre ilusiones y delirios de grandeza en que únicamente se fundan deseo, pasión y alma. Quizá...

Quizá no te diga nada.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

SANGRE Y LUZ: LUZ

"Estoy vivo.

El tiempo parece haberse detenido y navego en un mar denso y oscuro.

Al abrir los ojos de repente, el cerebro me grita que escape de la luz. Aún así, la punzada me atraviesa y quedo inmóvil. La confusión empieza a gestar ideas extrañas, pero antes de que me asalten sus dudas, levanto los párpados y dejo que la luz me ciegue de nuevo.

Poco a poco, el mundo se crea a mi alrededor, inexistente antes de que lo descubra mi mirada. La claridad, sin embargo, no me permite ver aún, pero las formas se definen cada vez más. Empiezo a reconocer el lugar en el que me encuentro: miro al suelo aún cubierto de sangre. A mi lado, inmóvil, se descompone lo poco que queda ya de aquél ser insaciable que había deformado mi vida, que me dejaba vacío y seco por dentro y cada noche me devoraba un poco más. Queda poco más que hueso, mientras que su piel oscura y su carne sirven de pasto a unas criaturas extrañas. Esos pequeños seres lo devoran sin detenerse un sólo segundo para respirar. Al mirarlos, la sensación de saber que solamente viven para ese cometido me recorre como un escalofrío.

Noto ahora cómo todavía sangran las heridas de los dientes de esa abominación; pero no es sangre, es el veneno púrpura y corrosivo que aún deambula infiltrado por mi cuerpo. Lo siento dentro de mí y el dolor sigue presente mientras éste recorre mis venas y desgarra lo que puede.

Ahora, sin embargo, no retuerzo la cara de dolor ni derramo más lágrimas; el odio por el origen de esa cosa me mantiene activo y en busca de aquello que lo exterminará totalmente. Ha muerto aquí a mi lado, contaminada por la luz que me empezaba a poseer, pero la oscuridad siempre renace. Sé que volverá.

Cuando regrese, sin embargo, estaré dispuesto a incendiarme en su presencia, a convertirme en su peor cazador y hacer de él mi presa, con los ojos inyectados en esta luz que ilumina el mundo y lo baña de tranquilidad."

EL LOCO DE LA COLINA

Dos fotillos de ayer. Me fui a la montaña (bueno, aquello no llega a montaña...) y desde allí tenía una vista bastante buena de Alicante, San Juan, El Campello (creo) y hasta el faro de Santa Pola por el otro lado. Saqué un montón de fotografías para ver si puedo hacer una especie de macrofoto de la zona. Aunque creo que alguna no me valdrá, pero bueno...

Por lo menos saqué algunas fotos que no están mal, entre ellas las dos que pongo hoy aquí. Mañana, más.

domingo, 27 de diciembre de 2009

FICCION Y NOCHES VIEJAS

La belleza se presenta sutil pero llamativa y el color de las luces de la sala se vuelve más intenso. Los ojos que no anhelan más miradas se cruzan en el camino del interesado y la emoción se concentra y revienta incontrolada. Las miradas, perdidas en mares de iguales colores, se cruzan y arde el aire. Los dolores, las penas, siempre presentes, se aparecen, estorban, gritan y destrozan lo que encuentran a su paso entre dos almas que no se conocen pero, a pesar del mundo, se buscan.

Sea verdad o ilusión, las miradas se pierden entre un sonido ensordecedor que no deja lugar sino a palabras dulces que enmascaran intenciones de sonrisa oculta y orgullo injustificado. El olor agradable de la espera cumplida se pudre y envenena las intenciones más sinceras. Sin querer, la belleza se aparta.

Mis pupilas esperan entristecidas la mirada de un destino que no se cumplirá; se contraen al sentirse rechazadas. En los ojos de los dos, el olvido se formula como solución definitiva. La belleza se esconde y el amor desaparece convertido en desesperación y arremete contra todo lo posible. Se cierran los ojos ante la imposibilidad y se niegan al azar imprevisto. La dulzura de esos ojos se esconde en la posibilidad del rechazo.

Imparable persevera la importancia de lo auténtico, pero siento que caduco y que me quemo aún más por dentro. Retorcido, estrangulado, sólo sufro mis recuerdos; aparezca o no aparezca, la belleza es lo que quiero. Y, si sangro algo oscuro, algo que no puedo llevar dentro, es porque vivo lo que no puedo y no puedo sentir lo que vivo.

Desgajado y sin sentido, mi angustia me deja ciego. No puedo mirar a los ojos que me llevan lo más lejos de mi ser, que me invitan a ser uno, que me dejan descansar. Los contemplo y aún me asombro de su belleza.

Moriré si hace falta o viviré lo que me pidan; esta noche soñaré la belleza que no he alcanzado una vez más y, así, seré lo infeliz que requiera mi vida. Aunque el hambre podrá con todo y alzará mi vista al cielo: si la belleza será mía, míos serán los mejores recuerdos.

viernes, 18 de diciembre de 2009

EL DESTINO

Hace un par de días hablaba con un amigo y compañero de trabajo sobre el destino. Me decía que algo que puede suceder (para no ser nada concreto) es cosa del destino. Y eso me hizo pensar en bastantes cosas. Hace tiempo sí que creía en el destino como se suele entender, pero desde hace unos años, no muchos, mi concepto ha cambiado radicalmente. No creo que nadie esté predestinado a ser tal o cual cosa, a que le ocurra algo o todo lo contrario.

A mí me convence más la idea de la "ley de la atracción". Esta teoría dice que puedes conseguir lo que quieras por medio del pensamiento. Eso, así de entrada, puede sonar bastante disparatado para muchas personas, pero todo depende de la escala que se enfoque. Yo he probado y creo que sí que tiene algo de verdad esta ley, aunque no sé en qué medida. Por ahora no soy rico, ni me persiguen las mujeres ni nada por el estilo; sí que he visto cambios más o menos pequeños en la vida diaria, pero eso ya es otra cosa.

Entre mis ideas y pensamientos contemplativos relaciono la ley de la atracción con la empatía. Si la ley de la atracción dice que hay que desear algo, yo lo veo de una forma más abstracta: no hay que desear algo concreto, sino una sensación de tranquilidad y armonía lo más completas posible. Así, si cada vez que se habla con alguien se intenta que haya esa armonía, los resultados de la conversación seguro que serán mucho mejores y, dado el caso, incluso evitar discusiones. Además, cuando se trata a la gente, ésta suele responder del mismo modo; es solamente un ejemplo.

En resumen, si se intenta hacer lo mejor posible en todo aquello en lo que intervengas (independientemente de las consecuencias) queda dentro una sensación de tranquilidad que se puede contagiar a otras personas, como pasa con la risa. Así, según la ley de la atracción, cada vez se atraerían más "cosas" positivas y menos negativas y cada vez más rápido. Claro que puede ocurrir lo contrario, todo depende de en qué cosas se centre uno, y ahí está el poder del pensamiento que debería cambiar el destino y deshacer esa inevitabilidad.

Al final llegaremos a un sólo punto, el mismo para todos, eso sí; el camino hasta entonces puede cambiar simplemente con quererlo de verdad y aceptar que eso es lo importante porque es lo que se siente.

domingo, 13 de diciembre de 2009

UN SEGUNDO DE UNA NOCHE

Al final de la sala, a pesar de estar abarrotada, entre la multitud sólo había una mirada. Todos los ojos y las intenciones se habían apagado y creaban un impulso irresistible de concentrar el mundo en aquellos únicos ojos que brillaban al fondo de la habitación.

Sin saber bien qué pensar y sin siquiera pensar nada, las sensaciones comenzaron a fluir y aparecieron sentimientos que corrían desbocados, removiendo todo su interior hasta el rincón más oscuro. El calor que le llegaba en ese cruce de miradas era tan reconfortante, a pesar de la distancia entre ellos...

El cerebro entró en un estado de actividad frenética y las preguntas aparecían a una velocidad vertiginosa, dejando apenas tiempo para tener consciencia de las mismas. La primera, la que desdató la tormenta, fue tan simple como peligrosa: ¿Me querrá?. Sus sentimientos se comenzaron a agitar.

La mirada era tan reveladora, tan pura, que no podría esconder secreos y que, en caso de albergarlos, serían de lo más precioso que pudiese encontrar. Sin embargo, por mucho que se sumergía en aquellos mares de marrón intenso, la única sensación que persistía era la que acompañaba a un vago "quizá".

Ciego y sumido en una tremenda lucha interior, su mirada se escapaba más y más, quedando perdido en aquellas atrayentes pupilas. Las ideas volaron y se perdieron, girando entorno al único sentimiento del que era capaz. La mirada era para él; la quería.

Cuanto más lo pensaba, cuanto mayor era la insistencia en averiguar lo que pasaba en su interior, en por qué parecía que su vida había cambiado por esos ojos distantes, mayor era la locura que ya había empezado a poblar sus ideas. La velocidad a la que surgían amenazantes las cuestiones aumentaba y el entorno se volvía menos reconocible; las imágenes cambiaban de color, se volvían dolorosas y de un brillo intenso. Todos los pensamientos deambulaban impotentes por un gris agobiante, ralentizándose más y más al enredarse entre ellos. Al final, la locura conseguía absorverlos y hacerlos desaparecer.

Todo lo que veía quedaba ahora nublado, tan desenfocado que desaparecía lentamente. Pero la intensidad de la mirada seguía allí invitándole a su compañía. La quería. Intentó levantarse para ir hacia aquél lugar pero, en el momento de hacerlo, su corazón sufrió un tremendo encogimiento que lo dejó sin respiración. ¡No te muevas!, gritó alguien en su interior.

De repente, un aluvión de críticas le golpeó con violencia dejándolo impotente ante todo, convencido de que estaba equivocado en lo más profundo de su ser. La locura se cebaba con las pocas ideas sanas que escapaban al apetito de autodestrucción. El tiempo se congeló.

Pendiente sólo de aquellos ojos, empezó a notar cómo la mirada se apagaba, cómo dejaba de sentir aquella agradable calidez que le hacía estar en paz. Poco a poco, todo el camino recorrido por los ojos de los dos quedó congelado y vacío.

En un último esfuerzo por hablar, por hacer que aquella mirada fuera suya, él cogió sus cosas y se marchó, mordiéndose la lengua y estrangulando el corazón. Seguro que, al fin y al cabo, esos ojos no eran para él; nunca lo eran.

Pero la quería.