lunes, 8 de marzo de 2010

ILUSIONES

"Desde el pasillo, la estrecha franja de luz que asomaba por la rendija de la puerta abierta indicaba la única dirección que él quería seguir. Abrió lo justo para poder entrar y, con pasos muy medidos y cautelosos, cerró la puerta tras de sí. El frío se había quedado en el pasillo, deseando entrar sin poder, y el aire cálido y algo viciado le confirmó dónde se encontraba: su habitación de siempre.

Movimientos silenciosos. Casi deslizándose sobre la moqueta, su cuerpo le obligó a avanzar. No había terminado aún de mover la pierna cuando sus ojos se hicieron a la penumbra; le asaltó la imagen de un sujetador en el suelo. Caído, tirado con despreocupación, iluminaba en su mente nubes de pensamientos, de imágenes y de recuerdos. Como un resumen del sentido de su vida, como si todo lo importante del mundo hubiese quedado concentrado en un sólo punto, esa prenda albergaba todas sus sonrisas.

El corazón, como siempre le ocurría, se desesperaba en un latir impaciente al verse —con el cuerpo— inmóvil, quieto, sin avanzar hacia su destino. Poco a poco, las imágenes de sus ilusiones se fueron disipando para permitirle recuperar el movimiento. Con ritmo pausado, siguió acortando la distancia hasta la cama, inhalando cada segundo, cada brillo de la luz.

A su derecha, cerca de los pies de la cama colgaba en parte un vestido blanco dejado sobre el colchón. Sin acercarse un milímetro a él, pudo aún así notar la fragancia del perfume que llevaba ella esa noche: tan dulce que invitaba al contacto de la piel. Siempre era el mismo olor, que lo transportaba a una realidad propia, que lo colocaba en su lugar, el del destino. Puso la mano sobre el vestido y su piel respondió al instante.

Cargado de la euforia que nunca dejaba de sentir en momentos como ése, se deshizo en ilusiones y deseos y dirigió entonces la vista hacia el lado opuesto de la cama, ansioso por ver allí la figura de mujer que quería recorrer y aprender de memoria, tumbada, dormida, esperándole. El movimiento, que debía durar una fracción de segundo se alargó y se convirtió en eternidad desquiciante. Un par de lágrimas brillantes asomaron; el ansia por lo deseado se desataba.

Al llegar la mirada a su destino, las lágrimas perdieron todo su brillo, se apagaron y secaron casi antes de nacer. De cualquier manera, el mar se estaba agitando; va a llegar la marea... No había nadie. En su cama no quedaba nada de aquellas arrugas con forma de mujer ni de perfume en la almohada. Si alguien hubo, allí no estaba.

Arrollado por la realidad, se giró en busca del vestido blanco, queriendo aferrarse a él como prueba de su propio ser pero, al mirarlo, desapareció lentamente. Cuando se dirigió hacia el sujetador, también éste se desvaneció. Todas las ilusiones desaparecían y él se preguntó entonces el origen de todos sus sentimientos. Fuesen o no reales sus ilusiones, él conservaba siempre los mismo sentimientos.

Algún día la conocería..."
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