lunes, 15 de marzo de 2010

NUEVO PAISAJE

"He conocido la ilusión de cerca, sentado en una roca junto al mar. Ante mi vista, la inmensidad del agua y su reflejo, el cielo. En el frío más profundo nace el movimiento y así el cambio rompe bajo mis pues, reventando en mil destellos luminosos. La vida pasa despacio o deprisa, cosa que no importa ahora que encuentro la intimidad.

En un intento de poner nombre al momento, de encarnar todas las sensaciones en una sola frase, mi mente se congela y se detienen los pensamientos, ahogados en el sonido hipnótico del rugir del viento. Crecen las olas del mar que llevo dentro. Estalla un trueno; se avecina la tormenta. Y, ahora, al girarme veo una luz que ha venido de fuera. Su brillo, tan azul como el cielo y tan pardo como la tierra, invade mis pupilas y la vida se me queda a oscuras. Todo es ella y nada más. No hay parpadeo que pueda evitarla. Mi cabeza ya ni gira porque, aunque quisiera —que no quiero—, en ella encuentro más respuestas: que si me quiere, que yo quién soy, que qué importa... Sólo esa luz. Consigo cerrar los ojos y veo el mundo por dentro. Todo queda a oscuras.

Ahora no hay luces, ni viento, ni mar, ni nadie. Sentado en una nube de polvo, me doy cuenta de que me costumbré a escapar de la realidad y, a veces, cuesta trabajo encontrar el camino de vuelta; aunque no he dejado de andar.

Aparece entonces surcando mi cielo una sensación que deja tras de sí una estela dorada de millones de reflejos que se evaporan. Amanece y la oscuridad se rinde al resplandor de dos soles gemelos: uno brilla ardiente y dorado; el otro duerme, hecho de hielo, reflejando la luz de su gemelo. Ante mí, bajo tanta luz inesperada, se ven ahora los bosques de mi interior. Hiere mi vista el paisaje desolado y devuelto al polvo, confundido con la tierra. Tanta guerra... tanta nada... Por respuesta, hasta el momento, las lágrimas hubiesen intentado devolver la vida al mundo en un inevitable fracaso. Los ríos barrerían los restos y dejarían crecer algo nuevo.

Hoy, sin embargo, dejando romper las olas a dos metros de mí, he conocido la intimidad, lo tranquilo y otra forma dulce de locura.

Cierro los ojos del pensamiento y dejo que los recuerdos esenciales, ésos que no son simples imágenes, sonidos o aromas, me llenen. Busco la luz de tierra y cielo; al encontrarla, sé que estoy donde debo. Abro los ojos por fuera y, al girar la cabeza, los de dentro se iluminan de golpe con la luz que me llega tan directa: tranquilidad, intimidad e ilusión recorren los caminos interiores que marca la luz. A su paso, los bosques reviven, aumentan y llenan los valles; se mueven las montañas y se abren mares y ríos y... luz.

Sigo por dentro el recorrido y, al llegar al que parece su destino, me sorprendo de lo que ocurre. Entre dos de las montañas más altas, las que más sombras arrojan a su alrededor y duermen el mundo, se han parado los tres destellos en lo alto, girando cada una alrededor de las otras en una especie de cortejo. Aumentan el brillo, la velocidad a la que se mueven y el nerviosismo. En una fracción de segundo, las tres se juntan en un solo punto y estallan. Una nube de fuego incendia el aire y asola las laderas de las montañas. Todo ha muerto ahí.

Al alejarse el humo y enfriarse el lugar, sin embargo, puedo ver el resultado de tanta violencia. Las gigantes de piedra han quedado arrasadas, limpias de los restos de los que no se podían deshacer, y el fuego ha hecho brotar nueva vida que lo cubre todo. Entre las dos, se extiende ahora un claro inmenso en el que se ven miles de puntos titilantes. Al acercarme, veo que lo que antes era desolación ha quedado convertido en un campo de color dorado, formado por todos esos puntos de luz que no son otra cosa que velas encendidas. No corre el viento, ni hay más luz que la que emiten las pequeñas llamas. Se respira un profundo silencio.

Sin poder apartar la vista de esta imagen, mi cabeza sólo se ocupa en comprender, en averiguar el porqué de este nuevo y precioso paisaje. Me fijo, sin querer, en una vela que hay junto a mis pies. Me pierdo en la llama que, desesperada, intenta llegar a la cera; ésta, por el mismo deseo de encontrarse con la llama, se deshace en deseos y nunca se tocan. Todo, en el silencio más íntimo. Una nueva vela nace, otra la seguirá.

Atrapado por este lugar de intimidad, tan lleno de paz e ilusiones, mi mente se relaja y vuelvo a la realidad hoy que, con las olas rompiendo a dos metros de mí, he conocido la intimidad y otra forma dulce de locura."
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