martes, 16 de febrero de 2010

UNA NOCHE...

“No dejes de acariciarme”. Al oír esas palabras la Luna, que no dejaba de curiosear la escena de los dos, se escondió tras un mar de nubes que pasaban y dejó que el tiempo se detuviese en los ojos de él. Durante un momento eterno, su mano no dejó de subir y bajar por la espalda de ella y los nervios se dispararon.

Todo el caos que sentía se ordenó sin objeción y se concentró expectante en la luz que nacía en su interior. Los objetivos de su existencia se acurrucaban en la espalda de la chica. Alerta por ella, fija la atención en cada aliento que se escapaba de sus labios, la perfección se hizo momento. Si la plena consciencia acompañara a esas palabras, nada más importaría.

“Sigue hablándome, por favor; me gusta tu voz”. Si la otra hizo que el mundo dejase de tener importancia, ésta desató la luz de lo más profundo. La energía y el calor de esa inesperada alegría se reunieron en los ojos de él, mientras ella mantenía cerrados los suyos, intentando conservar sus pensamientos. Una lágrima imaginada.

Sin palabras que sobrase, sin que una sóla fuese necesaria, le dijo en mil caricias que no la abandonaría. Aunque no se lo pedía, él permanecería a su lado; si le necesitaba, estaría así toda la vida.

Mientras su deseo lloraba angustiada, las ganas mismas de él se transmitieron a sus manos e intentó que emitieran todo el calor del mundo y la brisa de mil playas de arena; el impulso del contacto más sincero se abrió y deseó cobijarla eternamente. Nada más tenía ya sentido y nadie, aparte de ella, podría existir: el mundo en sus gestos. Cerró los ojos de nuevo y empezó a vivir sólo para ella.

Una vez hubieron pasado los nervios y la preocupación, apareció claro el camino a casa. Lentamente, él saboreó cada paso que ella daba, grabando con hitos luminosos en la memoria el recorrido que empezaba a descubrir. Sin darse cuenta, su mano seguía hipnotizada en las curvas de la espalda de la chica, ya no por preocupación, sino por dejar de sentir esa necesidad. Ahora que le hablaba consciente, que toda su confusión se desvanecía en la noche, quizá no fuese necesario; lo deseaba.

La Luna volvió de su escondite y se los encontró paseando por la calle, ajenos a su presencia. Pensó en fisgar en la conversación, pero cuando se acercó, la perplejidad asomó a su cara ante la luz que emitía la pareja. Más de cerca, ya con recelo, vio que toda esa luz brotaba de los ojos del hombre.

Temiendo un eclipse injustificado, la Luna dejó que el resplandor los acompañara a su destino. No sabía si los volvería a encontrar juntos, pero decidió esperar para poder aprender a brillar con la intensidad de aquellos ojos.

Y no hubo más palabras.

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