miércoles, 3 de febrero de 2010

EL ALMA SINCERA

El alma impaciente no comprende el ritmo de la vida; pierde el compás de las notas, el no sentir de los demás y escucha atenta palabras no pronunciadas todavía. Triste y apagada, la incomprensión se le acerca y le susurra al oído: "¡Estás sola!". Loca y desbocada, comienza a emerger de lo oscuro su deseo. Lágrimas vibrantes. Ideas enterradas se le vuelven a los ojos y desquician sus entrañas. El alma, perdida, cae de rodillas al suelo y hunde en su soledad la cara. Nadie entiende...

Rechazada por desvelar su misterio, por desgranar los pedazos de interior que con tanto celo otros guardan, se arroja al vacío propio y busca entre todas las miradas. Solamente, incomprensión. Se rebela la garganta y la mente la sigue en su alzada; las dos juntas, de la mano, se consuelan en un millón de sentimientos que sólo el viento escucha. Sólo noche y viento.

De sus lágrimas: ira y rabia. De sus palabras, la rotura de la magia de lo oculto y precioso, de lo que más anhela. Habla claro y rompe el aire, se congelan las palabras. Pero ella no cree romper nada, que no cree en artificios, pues el corazón demanda y no puede hacer caso omiso. Necesidades, penas, amor y alma se funden en un grito eterno que revela, más que brama. No llega la voz a su destino y vuelve a guardar silencio en las llamas de su falta de dirección.

Estalla y remueve el miedo, sorteado sin problemas, hasta dar contra un muro de hormigón. Otra vez pierde las palabras y, sin ellas, ya no brilla el Sol. "¿Dónde están su calor, sus miradas y su pasión?" Recuerda que ya no brilla el Sol.

Pero si nadie quiere tener el valor, si nadie escucha o no comprende: ella ya no quiere Sol. Lo guarda, como tesoro, en la punta de su lengua a la espera interminable de alguien a quien repetirle: "No estás sola, no estás sola... yo soy tu Sol".

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