miércoles, 20 de enero de 2010

LA BESTIA, EL HOMBRE Y LA NIÑA

Para cuando pisó el colegio en el que le habían contratado, el cielo se había cubierto de nubarrones y amenazaba con derramar todos los males de su mundo sobre su cabeza. Tocó el timbre. Al abrirse la puerta, el aire se espesó y quedó gélido, cortante, al entrar en sus pulmones. Sin otro aviso más que el dolor lacerante, una tromba de confusión y caos se precipitó sobre su cabeza. Paralizado por un miedo indecible, el hombre empezó a notar una presencia oculta cerca.

A duras penas, consiguió entrar en el edificio, removiendo el mar de cemento que le llegaba por los tobillos. La lluvia no cesaba y cada vez hacía más frío. El aire ya no le cortaba al ser respirado, pues no quedaba prácticamente nada que cortar: por dentro, el hombre empezaba a ser un amasijo oscuro de maldiciones y dolor. Atravesó la puerta de la entrada, cruzó la sala y atravesó el patio.

Al otro extremo del solar que albergaba la pista de baloncesto: ella. No la había vuelto a ver desde hacía ya mucho tiempo; apenas recordaba ya su olor. Se acercó lentamente, arrastrando el peso del mundo tras de sí, y se detuvo justo delante de la bestia. Igual que en las ocasiones anteriores, era enorme (“quizá, un poco menos…”, pensó él) y su silueta oscura, cambiante, amenazadora y salvaje le decía que no saldría vivo de allí. Desapareció la luz y quedaron ellos dos únicamente, perdidos en los sentimientos de él.

Hipnotizado por el halo de dolor que siempre acompañaba a aquél ser demente y carnicero, ya ni siquiera pudo temblar o intentar huir; cuando hacía su aparición, ya no había nada que intentar. Moriría otra vez.

Como en dos fotogramas contiguos, la pasividad del animal —si bien él dudaba de su condición— estalló en una dentellada atroz que desgarró todo su interior. La tromba que le golpeaba desde arriba se hizo más intensa. Esa malnacida sin nombre le había arrancado el corazón de cuajo y ahora solamente quedaba un hueco sangrante en el lugar que antes había ocupado. La expresión de su cara, del horror, había saltado a la indeferencia; desidia ante todo, ante la vida. El siguiente ataque, ahora que ya no tenía lo más preciado, aquel lugar en el que se escondía en sí mismo de todo lo exterior, lo sintió como unas punzadas tremendas en lo más hondo de sus pensamientos. Sin nada ya que perder, sólo le quedó llorar por todo y por nada; quizá porque le rodeaba el mundo y nadie se paraba a mirar cómo era devorado. No tenía corazón para sentirlo ni mente que lo pensara, pero una extraña convicción en su interior le gritaba a voces que debían morir. Todos.

Sus ojos se encontraban ya a la altura del suelo, bocarriba mirando ausentes todo lo que le rodeaba, esperando vacíos que la bestia se alejase de su pecho y dejase de comer de sus adentros. “¡¡Puto bicho!!”, pensó.

Como si esa queja hubiese despertado algo en él, algo que no comprendía, sus resignados ojos se volvieron locos y se pusieron a girar todo lo que les permitía su naturaleza. De un lugar vacío, a otro sitio sin nada; así, nada encontraron. La locura aumentó su dolor y el interior del hombre prendió fuego y derramó lava desde el lugar de su antiguo corazón. Cuando la bestia saltó, alejándose de las llamas, él aprovechó la poca energía que le quedaba guardada a salvo en un rincón desconocido y se puso en pie. Al hacerlo, sus ojos inyectados en sadismo se encontraron cons focos de luz inmensos. Cuando remitió el resplandor un poco, se dio cuenta de que dos ojos se escondían detrás. Era una niña, aquélla con la que tantas veces había hablado, de muy corta edad, y a la que tánto cariño le había cogido.

Cuando ella lo vio, no se percató de la bestia, ni de la oscuridad ni del sufrimiento que rodeaba al hombre. Corriendo, se acercó hasta él iluminando el camino con su mirada. Él la contemplaba de rodillas ya, por no poderse aguantar en pie. La niña llegó hgasta donde él se encontraba y siguió sonriendo. No veía nada de lo que ocurría alrededor del hombre, solamente lo veía a él tal cual era, fue y sería, sin distorsiones ni prejuicios, sin opiniones contagiadas: sólo él.

—¿Te quedas conmigo? — Dijo la niña.

—No puedo… —susurró él.

Sin más palabras, la niña se le abalanzó al cuello y, aún sin dejar su sonrisa, le acarició la mejilla con un beso. Impotente, incapaz de cualquier otro movimiento, él se echó a llorar con fuerza. Ella no lo vio, ya se iba; tampoco hacía ninguna falta, mejor así.

Las lágrimas de felicidad que derramaba ahora eran claras y brillantes. Las nubes se movían deprisa y algunos rayos del Sol se colaban entre ellas y daban a esas gotas de alegría el aspecto de pequeños diamantes. La bestia, al ver el espectáculo de brillos intensos que brotaba de los ojos de su presa, aterrada por creer morir entre ellos, se lanzó al viento y, en un rincón oscuro, desapareció.

El dolor y la negrura se disipaban por efecto del cariño sincero. La pequeña no había visto el dolor que lo rodeaba a él ni la oscuridad de éste ni había oído las voces que le increpaban: sólo lo veía a él, sin nada más. Recobrando las fuerzas que pudo, el hombre se puso en pie y, con la inocencia de la niña y la verdad de sus ojos en mente, se marchó sin decir nada a nadie, con mucho que pensar.

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