miércoles, 13 de enero de 2010

ENTRE HOY Y MAÑANA

Me contó la mañana que estaba loco por tí, que mi vida ya no me importaba. Mediodía me tranquilizó y me dijo que ya no te vería; me sacó un poco de mi locura, me apegó un rato más a la vida. Todos me dicen... La tarde no me dijo nada, ni siquiera me miró a la cara. La noche, me meció y susurrando me dijo (todos me dicen, pero yo sigo sin estar a tu lado): "tranquilo, mañana te cegará el Sol".*

Apareció el Sol entonces y con un bostezo deslumbró a la Luna, que huyó presa del pánico a cualquier otro rincón del planeta. Los rayos de las estrellas traspasaron mis párpados y me dejé aturdir por la ceguera. Brillantes en la oscuridad, demonios de luz roja danzaban nerviosos, ansiosos a más no poder por hincarle el diente a mi locura. Entre gritos y un frenesí luminoso, las imágenes van volando y se transforman hasta detener sus dudas en tu figura. Así, hora tras hora, los recuerdos inexistentes, el añoro del anhelo y el dolor de no tenerte se me clavan y desembocan en hirientes sentimientos.

El color de la luz y, con él, el de los demonios danzantes, cambia y aumenta de temeperatura. La calidez del amarillo se reinventa a sí misma y, en un alarido de sopor, el color se torna rojo. Las horas se ralentizan. Mi cuerpo, anestesiado por el calor repentino, recoge las fuerzas que puede como un lagarto al sol. Se me acercan las arañas de tu recuerdo y las devoro al sonreír. De la necesidad de la mañana, a la calma del mediodía. Aturdido y relajado por el sabor del fracaso, sé que puedo empezar a enterrar esperanzas. Otra vez, me olvido del añoro y me quedo únicamente con el anhelo. No te tendré; todo está en su lugar.

La luz se apaga. Los colores que me dormían y me obligaban a aceptar se van oscureciendo. Hojas, piedras y animales esperan inconscientes la luz de mañana. El aire se enfría y el mundo comienza su meditación.

La noche, vestida de negro para esconder sus alas blancas, se acerca dulcemente a mis oídos. Con la voz de mil estrellas y la ilusión de todos mis sueños, me roza con suavidad y me empieza a convencer. Toda la paz de la tarde, tras el dolor de la mañana, se duermen en el frío de mi cama. Las sábanas lloran tu ausencia; el helor de sus lamentos me eriza la piel. Me dejo llevar por el suspiro de la noche y la dulzura me llena, me acoge en un abrazo eterno. Vuelve el anhelo a mi consciencia y —yo, completamente quieto— desplaza a cualquier otro pensamiento. A oscuras, devorado por la huida del Sol de mi ventana, escucho atento la voz que poco a poco me hiptoniza. Me habla de todo y de ti, de tu ausencia, de este hueco en mis entrañas. Hace frío para desplegar las alas. La Luna me dice..., pero yo sigo sin estar a tu lado.

"Tranquilo, mañana te cegará el sol".



* De Todos me dicen (Agila, 1996), de Extremoduro, sobre un poema de Ramón Romero Ruiz.
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