domingo, 13 de diciembre de 2009

UN SEGUNDO DE UNA NOCHE

Al final de la sala, a pesar de estar abarrotada, entre la multitud sólo había una mirada. Todos los ojos y las intenciones se habían apagado y creaban un impulso irresistible de concentrar el mundo en aquellos únicos ojos que brillaban al fondo de la habitación.

Sin saber bien qué pensar y sin siquiera pensar nada, las sensaciones comenzaron a fluir y aparecieron sentimientos que corrían desbocados, removiendo todo su interior hasta el rincón más oscuro. El calor que le llegaba en ese cruce de miradas era tan reconfortante, a pesar de la distancia entre ellos...

El cerebro entró en un estado de actividad frenética y las preguntas aparecían a una velocidad vertiginosa, dejando apenas tiempo para tener consciencia de las mismas. La primera, la que desdató la tormenta, fue tan simple como peligrosa: ¿Me querrá?. Sus sentimientos se comenzaron a agitar.

La mirada era tan reveladora, tan pura, que no podría esconder secreos y que, en caso de albergarlos, serían de lo más precioso que pudiese encontrar. Sin embargo, por mucho que se sumergía en aquellos mares de marrón intenso, la única sensación que persistía era la que acompañaba a un vago "quizá".

Ciego y sumido en una tremenda lucha interior, su mirada se escapaba más y más, quedando perdido en aquellas atrayentes pupilas. Las ideas volaron y se perdieron, girando entorno al único sentimiento del que era capaz. La mirada era para él; la quería.

Cuanto más lo pensaba, cuanto mayor era la insistencia en averiguar lo que pasaba en su interior, en por qué parecía que su vida había cambiado por esos ojos distantes, mayor era la locura que ya había empezado a poblar sus ideas. La velocidad a la que surgían amenazantes las cuestiones aumentaba y el entorno se volvía menos reconocible; las imágenes cambiaban de color, se volvían dolorosas y de un brillo intenso. Todos los pensamientos deambulaban impotentes por un gris agobiante, ralentizándose más y más al enredarse entre ellos. Al final, la locura conseguía absorverlos y hacerlos desaparecer.

Todo lo que veía quedaba ahora nublado, tan desenfocado que desaparecía lentamente. Pero la intensidad de la mirada seguía allí invitándole a su compañía. La quería. Intentó levantarse para ir hacia aquél lugar pero, en el momento de hacerlo, su corazón sufrió un tremendo encogimiento que lo dejó sin respiración. ¡No te muevas!, gritó alguien en su interior.

De repente, un aluvión de críticas le golpeó con violencia dejándolo impotente ante todo, convencido de que estaba equivocado en lo más profundo de su ser. La locura se cebaba con las pocas ideas sanas que escapaban al apetito de autodestrucción. El tiempo se congeló.

Pendiente sólo de aquellos ojos, empezó a notar cómo la mirada se apagaba, cómo dejaba de sentir aquella agradable calidez que le hacía estar en paz. Poco a poco, todo el camino recorrido por los ojos de los dos quedó congelado y vacío.

En un último esfuerzo por hablar, por hacer que aquella mirada fuera suya, él cogió sus cosas y se marchó, mordiéndose la lengua y estrangulando el corazón. Seguro que, al fin y al cabo, esos ojos no eran para él; nunca lo eran.

Pero la quería.
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