martes, 22 de julio de 2008

QUIERO, QUIERO, QUIERO... QUERER

De mi viaje relámpago a Barcelona, pocas cosas puedo contar de lo que hice porque en esa ciudad hay demasiado que ver, que recorrer y que contemplar como para sacar algo de provecho en tres días. Sí que me mostró Paula la calle Trallers, que da a la Rambla. La chiquita conoce perfectamente lo que me gusta y me lleva a esos sitios, suerte que tiene uno... Esa calle está repleta de tiendas de música, tanto de discos como de instrumentos.

Y es que en Barcelona hay de todo. Hay tanto, que uno no sabe por dónde empezar. Aunque Alicante es una ciudad relativamente conocida y más o menos grande, es muy difícil encontrar ciertas cosas que en la ciudad condal puedan ser cotidianas o de muy fácil acceso. Por ejemeplo: a mí me gusta bastante cocinar, así que el jueves por la mañana me fui a dar una vuelta al mercado de la Boquería por pasearme y para comprarme algo para la comida de ese día. Nunca había visto tantos productos diferentes en un mismo lugar, cosa que me ilusionó bastante. Prácticamente, podía preparar cualquier plato de los que aquí nunca puedo hacer porque no encuentro los ingredientes.

Mientras deambulaba de puesto en puesto, me acabé dando cuenta de que no sabía qué comer. Tenía tantas posibilidades a mi alcance que no sabía por cual optar ni qué elegir. Al final, compré una tontería que me apeteció en el último momento.

Me pareció, en ese momento, que tantas posibilidades me quitaban las ganas de elegir una. La oferta era tan variada y encontraba tantoas ingredientes que había buscado sin éxito en mi ciudad que casi me bloqueo. Me dio por pensar que tenerlo todo disponible siempre que quieras no es tan buena idea.

El hecho de que me haga ilusión comprar un disco de un grupo extraño editado en japón se debe en gran parte a que es difícil de encontrar. Esa dificultad me hace desearlo con más fuerza y no poder conseguirlo aviva aún más las ganas. Cuando me doy cuenta de que no tiene sentido, de que ese disco es tan fácil de encontrar como ir a la tienda y cogerlo, o pedirlo si no lo tienen en ese momento, la ilusión se diluye un poquito. Ya no me hace falta un deseo tan ferviente para animarme a encontrar ese objeto, sino que puede hacerlo con un simple gesto al entrar en una tienda.

Tener de todo y la posibilidad de hacer cualquier cosa que se te ocurra está muy bien, pero a mí me pasa como cuando voy a un banquete: hay tantas cosas para comer que acabo picoteando de un par de platos solamente.

Hay que notar la falta para sentir el deseo.
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