martes, 15 de julio de 2008

EL HOMBRE AL QUE LE SUSURRABAN LOS MOSQUITOS

Ahora que estamos en veranito, los mosquitos se ponen las botas. El remedio para acabar con esta molestia es muy fácil: tirar de insecticida. Así, de paso, nos deshacemos también de moscas (realmente insoportables), arañas, hormigas y demás monstruos incómodos que viven siempre a nuestro alrededor, en nuestras casas. Creo que la mayoría coincidirá conmigo en que la peor molestia que causan estos bichos es por la noche, cuando un mosquito te da por saco al lado de la oreja o cuando una arañita doméstica se te pasea por una mano. A mí los mosquitos que susurran al oído me ponen frenético.

Es decir, que hay algo que nos molesta y echamos mano de la fuerza bruta para acabar con su existencia. Mirad Irak...

Pero me parece que esto es tomar medidas de fuerza y poco consideradas. En lugar de los tan eficaces insecticidas, existen otros productos que se aplican sobre nuestra piel y que, al fin y al cabo, nos aporta la misma solución: esos seres infernales no se acercan. Y, existiendo este tipo de productos, que sólo alejan al insecto de nosotros y así nos olvidamos de él, me parece mucho más correcto su uso que el de insecticidas que muchas veces son inespecíficos y, por lo tanto, matan no sólo lo que tú queires matar, sino que se esparcen y acaban con lo que haya cerca.

No digo que haya que vivir rodeado de insectos, de arañas y cosas así, pero lo que sí que pienso es que es mucho más respetuoso utilizar productos que auyentan a estos animalitos sin matarlos. Por ejemplo: si hay problemas con los mosquitos, las arañas suelen contribuir a solucionarlo; si una araña se come a dos mosquitos, se ahorran estos dos y las crías que estos pudieran llegar a tener, la descendencia de éstos últimos y así. Si matamos la araña: generaciones de mosquitos.

El insecticida es muy útil en ciertas ocasiones, sólo digo que hay que tener respeto por el resto de formas de vida, que no estamos solos.
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