jueves, 10 de enero de 2008

LA POBREZA DEL DINERO

Igual que hace unos días intentaba describir en la entrada Los placeres de la pobreza cómo hay gente que encuentra la felicidad en momentos en que la mayoría no haría otra cosa que pensar que la vida ha acabado, hoy escribo esto para exponer un caso contrario completamente.

Viendo un programa de televisión (ahora mismo) en el que hacen una especie de mini documentales sobre personas de la calle que tienen algo de muy particular y siguiendo a una mujer de sesenta y tantos años que cultiva marihuana (para consumo propio, no se piense nadie mal), me ha sorprendido encontrarme con otra mujer, ésta de 71 años, cuya afición es algo más cara: la mayor pasión de esta mujer es comprar vestidos de alta costura y, por lo tanto, gastar un pastón en cada pieza. Si hay que ir a Francia, se va; si hay que coger un avión hasta Japón, pues se coge. Y es que esta chica no tiene problemas con el dinero desde que heredara de su padre una fortuna que vaya usted a saber.

No doy el nombre no porque no quiera, sino porque se me ha escapado en ese momento de asombro y no lo encuentro por internet.

El caso es que ahí tenéis el contraste: mientras una mujer tirada en la calle y tapada con una manta pide para poder comer y darle algo a sus hijos, la de 71 años afirma con una sonrisa en los labios que si un día no pudiese comprarse un vestido pensaría que la vida habría acabado.

A mí, sinceramente, me da igual en qué se gaste cada uno el dinero, que para eso es suyo; está claro que cada persona considera importantes o esenciales cosas muy dispares. Pero es que no puedo evitar pararme a pensar lo que puede valer un vuelo (¿privado?) y un vestido de alta costura, con las dietas que el viaje implique. Y no puedo evitar tampoco pensar que, si la felicidad depende de un trozo de tela cortado de cierta forma, la mujer de la calle no tiene esperanza.

Sinceramente, creo que la que no tiene esperanza es la de los vestidos, a pesar de su edad. No se puede decir que la vida no tendría sentido o se acabaría por no poder permitirse un vestido de alta costura. Eso, teniendo en cuenta todo lo que pasa en todas partes, que a cada paso puedes ver gente a la que le falta algo o de todo, me parece una injusticia muy profunda y un signo como pocos de ceguera ante lo realmente importante. Bueno, lo importante para mí, claro está; pero como este blog lo escribo yo...

Así pues, me reafirmo en lo que decía en esa entrada de hace unos días. Si se para uno a pensar y a mirar con detenimiento lo que sucede, la realidad parece muy distinta.

Por cierto, se me ha olvidado decir que esta coleccionista de ropa (que es lo que es, al fin y al cabo, diga lo que diga la etiqueta) nunca se pone un vestido dos veces.
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