miércoles, 7 de mayo de 2008

ABARROTADAMENTE

Supongo que la mayoría de la gente habrá estado en un mercadillo alguna vez. Es difícil no ir, con el ritmo y nivel que tiene la vida ahora. Eso no quiere decir, por otra parte, que un paseo por estos lugares sea algo placentero, relajante o entretenido. Para los habituales de estos sitios sí que lo es, pero a mí solamente me produce agobio.

Bueno, solamente no. Ir a un mercadillo me hace tener la sensación de estar más sólo que en ningún otro lugar: tanta gente y todos a lo suyo. Vale que muchos pensaréis que, por mis constumbres y lo que me gusta, puedo ser un poco raro (asocial); pero es que caminar por una de esas calles flanqueadas por tenderetes de lona, atestados de cientos de zapatos, ropa interior (femenina a poder ser) y productos varios del hogar puede ser toda una odisea.

Nada más entrar al mercadillo me invade un olor a churros que no veas, que flota en el aire como el perfume más exquisito; parece que siempre está el churrero en todos los mercadillos. Este hecho, de por sí, no es algo molesto si te gustan estos dulces, pero cuando ese olor de aceite frito (y quemado, muchas veces) se junta con el olor a humanidad que desprenden cientos de compradores transeúntes, el ambiente va tomando un cariz que vaya...

Pero a esta ecuación le podemos añadir elementos aún más importantes: falta de espacio, mucho ruido, mala educación... De todo lo que negativo que le puedo encontrar a un mercadillo, creo que lo que peor llevo es la falta de educación de la gente.

Tú no puedes pretender ir a un mercadillo y darte un paseíto sin agobios. De impedírtelo se encargarán esos personajes que, cuando tú estás mirando algo con interés, incluso pensando que has encontrado algo que te interesa y esa incursión en la jungla de puestecitos ha valido la pena, el inmenso codo de una señora (que si bien puedes mirar por encima de su cabeza sin problemas, muchísimo más difícil sería rodearla) se entromete entre tú y cualquier objeto, te lo quita de las manos y decides escabullirte de allí antes de morir aplastado.

Sales como puedes de la maraña de brazos, piernas, bolsos y pechos descomunales (directamente proporcionales al tamaño del codo ese que atacaba antes) y, cuando llegas a la zona neutral, que viene a ser el eje de la calzada, una zona más despejada, te encuentras de nuevo rodeado. Mientras que por un lado se acerca peligrosamente una mamá sin carnet de conducir para el cochecito en el que descansa su retoño, por el otro lado viene una cuadrilla de señoras mayores que, si bien van despacito, resultan inamovibles en su trayectoria y no queda otra que esquivarlas. Ojo, que pueden ser muy pelirosas.

En ese momento piensas que eres joven, que tus cualidades tanto físicas como mentales superan las de aquellas que vienen por delante y por detrás. Pero pasan dos cosas: que ni eres más listo ni más fuerte. Olvidabas que no estás en un cuadrilatero de boxeo, un tatami de artes marciales o un examen de física cuántica: estás en un mercadillo y, si no tienes cuidado, puedes no salir nunca.

En efecto, estas asíduas de la venta callejera han desarrollado un séptimo u octavo sentido que hace que, dejando a un lado consideraciones morales o de educación, te aparten con un movimiento certero si te consideran competidor directo a la hora de comprar o si simplemente te pones en su camino.

Esa es la razón principal de que yo no vaya al mercadillo más de lo imprescindible. No quiero morir; y menos ahí. Supongo que con práctica y habituándome no pasaría nada y estaría como pez en el agua, e incluso encontraría el zapato para mi horma. Pero soy un hombre, no me pienso arriesgar, que son las mujeres las que saben instintiamente cómo moverse en estos lugares.

De todas formas y por mucho que quiera evitarlo, es imposible escaparse de estos cúmulos de gentío desesperado por conseguir eso que han ido a buscar. Si no es en un mercadillo abarrotado de caminantes de puesto en puesto, seguro que te encuentras algún atasco kilométrico en que la gente hace sonar el claxon desesperada y se te arriman con el coche hasta casi (o sin casi) rozarte.

Y es que, al final, da exactamente igual dónde esté uno: tanto si es en un mercadillo comprando como en la carretera, la gente tiene muy pocos respeto y consideración por los demás. Estemos donde estemos, la gente es la misma.

Menos mal que siempre hay quienes saben apreciar lo bueno de ir al mercadillo, que lo hacen por muchos de nosotros.
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