miércoles, 12 de diciembre de 2007

CUANDO EL FUTURO ES IMPROBABLE

Hace ya unos años que me enteré por televisión de la existencia de unos cursos orientados a controlar la rabia. No lo tengo muy claro ahora, pero creo recordar que eran un “invento” estadounidense. No me extrañaría.

El objetivo de controlar la rabia está claro: es un sentimiento negativo que puede hacernos actuar en la dirección que no nos conviene en absoluto. Por decirlo así, es un sentimiento cegador que, muchas veces, nubla el entendimiento. Y, por supuesto, es muy importante poder controlar esos brotes de rabia cuando no tienen ninguna utilidad; porque, eso sí, la rabia es de lo más útil en algunas circunstancias.

Pero mientras describía lo que significa el sentimiento de rabia, me he parado a pensar en otro sentimiento que, de la misma forma que la rabia, puede anular la capacidad para discernir correctamente unas cosas de otras. En este estado, la persona no puede pensar de una forma lo más objetiva e imparcial posible. En ese momento, el entendimiento se ve otra vez nublado por una especie de ilusión incoherente; parece que no perder la esperanza puede ser entonces negativo.

Y eso último no lo digo por decir, sino por experiencia. Existen momentos en que el simple hecho de conservar la esperanza de que algo suceda (o no suceda) va en contra de todas las leyes lógicas. Es en esos instantes cuando la esperanza empieza a darse a ver mediante una serie de razonamientos un tato curiosos: en contra de lo que pueda parecer la situación, crees firmemente que todo va a salir como tú quieres. Para mí, en ciertas circunstancias, eso es negativo.

La esperanza es algo a lo que le doy mucha importancia y que, recientemente, ha cobrado un papel bastante importante en mi vida. Por obligación, eso sí. Y aquí es donde veo el aspecto negativo de no perder la esperanza. Seguir pensando y sintiendo que todo va a salir bien (bien es una forma de decir “como uno quiere o necesita”) puede ir en contra de lo que los hechos y la experiencia demuestran. Y así, el mundo va amoldándose en cierta forma a los gustos propios y las esperanzas que uno albergue, lo que puede desembocar en una realidad subjetiva que, si bien todo el mundo percibe la realidad de esta forma, hay elementos que no deberían estar sujetos a nuestras decisiones. Si en esos momentos se desterrase una parte más o menos importante de la esperanza que guardamos dentro, me parece que la visión del problema (si hay esperanza, es que hay un problema) se enfocaría mucho más y se apreciarían los detalles que la excitación de la esperanza nos hace obviar. Con todo esto no quiero decir que las esperanzas sean algo inútil o indeseable, más bien al contrario.

Cuando surge un problema de cierta envergadura, uno puede utilizar un grado de esperanza para no someterse ni dejarse hundir. Es en estos momentos cuando este sentimiento o esta sensación cobra lo que, para mí, es su mayor virtud: los ánimos se elevan. Y uno se pregunta por qué, si todo va como no queremos. Pero seguimos pensando que en algún momento (y no muy lejano, que las esperanzas no son eternas) todo nos va a ir como queremos. Y es muy bonito sentirse así. Pero no hay que confiarse, que es muy fácil no saber cuál es el límite de esas expectativas. Hay quien me dice que no hay que crearse expectativas; yo creo que sí que hay que tenerlas, para mí son objetivos a conseguir y no dependen del azar. Tenerlos en mente será la única forma de llegar a ellos.

Así pues, en esos momentos, para acompañar a un objetivo que queremos conseguir, es indispensable cierta cantidad de esperanza que refuerce los ánimos y nos ayude a seguir adelante y alcanzar las metas que nos hayamos propuesto. Y en ese sentido, la esperanza es de lo más útil. Y seguirá siéndolo mientras no dejemos que invada parcelas que no le corresponden, como la de razonar con claridad.

Y es que, creo que un exceso de esperanza no hace más que nublar la mente, igual que pasa con el ejemplo mucho más claro de la rabia, y los actos de uno pasan a ser una mera concatenación de sucesos, pensamientos y sensaciones que, observados con detenimiento, pueden resultar de lo más incoherente o tan sumamente rebuscados que nos sorprenden. Es en estos casos cuando la esperanza se vuelve contra el esperanzado.

Supongo que lo mejor es mantener cierto grado de ese talante para poder sobrellevar los inconvenientes que se nos presentan, pero si se deja que eso aumente de forma incontrolada, podemos vernos actuando por simple esperanza, en contra de la lógica, incluso. Pero sí: hay ocasiones en que abandonarse a la inercia de esa sensación es lo único que se puede hacer para seguir adelante; en esos momentos, uno puede llegar a creerse capaz de todo, lo que puede venir bien en ciertas circunstancias. Hay que creerse capaz no de todo, sino de casi todo y de lo importante.

De todas formas, y aunque esto es solamente una reflexión mía sin mayor importancia, creo que la esperanza ha de atenerse a la misma regla que todas las cosas: la cantidad justa es imprescindible para vivir.

Y, ¿cuál es esa cantidad?

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