viernes, 13 de mayo de 2016

EL RETRATO

"Tras el último trazo de color, el pincel quedó en la mesa, inmóvil al lado de la paleta manchada de años. El pintor, una vez terminado el cuadro, se quedó observando aquella imagen. No era la primera vez que la veía, ni la segunda, ni tan siquiera una tercera o cuarta; incontables se habían sucedido las ocasiones en que el bello rostro de una mujer joven, de cabellos luminosos y largos, sobre los hombros, de sonrisa tímida y ojos vivos, aparecía al final del trabajo del dedicado artista. Allí, desde el fondo del lienzo y cada vez en una pose diferente, la joven cautivaba la atención del hombre que, entre obra y obra, se hacía más y más viejo. Le era imposible resistir su expresión, tan atrayente... Y siempre estaba allí al caer el pincel como un peso muerto, cansado tras la actividad frenética de miles y miles de caricias al lienzo. 

De forma independiente a cómo acometiese el principio de cada pintura, dando igual la concepción previa del trabajo que desarrollaría, la mano del pintor siempre terminaba por esbozar los mismos gestos, por recrear como en trance una y otra vez los mismo ojos. No se trataba de una obsesión, pues nada más lejos de la intención del autor que repetir y repetir aquel rostro, aun en posturas y escenarios diferentes. No, era alguna especie de ímpetu irracional e irrefrenable que nacía desde el rincón más profundo de sí mismo. Cierto era que su afán como pintor no respondía a otro motivo que a un deseo arraigado como pocos, uno que lo arrojaba siempre en busca de la belleza más pura. Quizá fuese esa la razón de que una vez tras otra pintase aquel rostro: era tan bello... No podía encontrarle defecto alguno, pero había algo más allá. Aquella cara no pertenecía a mujer alguna que el pintor hubiese conocido; al contrario, se trataba de una persona que no podría existir por la perfección que requería. De alguna forma, en aquella mirada, en cómo se ondulaban los cabellos, en cómo se entornaban los ojos o miraban levemente en otra dirección... En toda ella se daba la rara cualidad de reunir, una a una en una misma persona, todo aquello que al pintor cautivaba en una mujer. Por ello, aunque yendo incluso más allá, se convertía en el más certero ejemplo de lo que significaba para él la belleza. 

 Mas un día, cuando el pintor rondaría ya sus cuarenta años de edad y pocos menos de profesión, el hombre tomó una decisión que marcaría un punto de inflexión en toda su vida, como artista y como persona. Aquel día nublado y gris, el pintor dio por finalizada su última obra. Incapaz de alcanzar una expresión de la belleza que superase a la de la imagen de la joven, el artista cejó en su empeño y acabó por afirmarse en la convicción de no volver a pintar nunca más. Cansado de contemplar algo tan precioso, tanto que le hacía darse cuenta de una realidad que, si bien nada tenía que ver con el arte en un principio, le asaltaba y entristecía sobremanera: jamás encontraría a alguien así. Tantos años apegado a la misma imagen habían surtido su efecto y el artista, de alma romántica e inevitablemente sentimental, acabó por quedar enamorado de aquella joven que visitaba sus pinturas con tanta regularidad. La decisión era inevitable, y mejor eso que ver constantemente y nunca poder llegar. No volvería jamás. 

El tiempo, con su avance imperturbable, pasó. Pasaron los segundos, los minutos, las horas, los años desde aquel momento hasta que el hombre, al final, envejeció.



—Hola. Cuánto tiempo ha pasado... Casi ni recuerdo ya la última vez que nos vimos frente a frente —dijo el pintor al cuadro, seguida esa intervención de una larga pausa, respirando muy profundo—. Han sido tantas las miradas que quedaron en mis lienzos, tantas las visitas que me hiciste... No sé ni cómo hablarte ahora mismo —continuó con los nervios a flor de piel—... Solamente sé que, desde que nos viésemos esa vez definitiva, jamás me ha podido abandonar tu recuerdo, ni un solo segundo. No ha amanecido día que tus ojos no me viniesen a la mente, ya al despertar o en un momento cualquiera del día. Nunca, ni un solo segundo, he dejado de sentir que alguien a quien no conocía me acompañaba. Por eso tuve que dejar de pintarte. No podía resistir más. Tanta obsesión con volver a verte de nuevo, con alcanzarte, con volver a recrearte con pintura... Y nada, nunca nada: ni tú saldrías de esos lienzos, ni yo encontraría a nadie así en otro lugar. Tenía que dejarte. 

En ese instante, la voz del hombre se quebró y este detuvo sus palabras durante varios segundos. A medida que el corazón volvía a calmarse tras su pecho, poco a poco, recobró su presencia. Entonces continuó: 

—Te preguntarás por qué he vuelto a pintarte a estas alturas, décadas después de tu última visita, de mi última invitación. Tengo que decirte que, hoy sí, ya no habrá más. Ese pincel ha terminado de dar lo que tenía que ofrecer y ya no le pediré más; ni a él ni a ninguno otro. Soy viejo y me tiembla el pulso. 

El hombre dirigió la vista hacia sus manos, temblorosas y difíciles de controlar a pesar de la práctica y el ejercicio de los años como pintor. 

—Meses han pasado hasta poderte volver a ver hoy, cuando antes no tardaba más de unas horas. Mis días ya se acaban y no podré volver a pintar, ni a ti ni a nada. 

Los ojos del pintor se humedecieron con miles de recuerdos que saltaron su memoria. Tanto tenía guardado adentro... Y lo que ya no llegaría, pues el tiempo no juega limpio y pasa más deprisa de lo que uno es capaz de darse cuenta. Aquel era el último cuadro que pintaría. Al contrario de como había actuado en otras ocasiones, esa vez no destruiría la pintura al terminar. 

—Te he pintado en este último lienzo que guardaba para que me acompañes. No te conozco; sólo interpreto la sonrisa de tu mirada. Pero apareciste y la mella que dejaste me duró muchos años. Te he pintado porque dejé de hacerlo, porque te abandoné en un intento vano por olvidarme de ti. Te he pintado porque, con el tiempo, nunca llegaste a abandonarme tú a mí ni en el momento más alejado de nuestra ruptura. Te he pintado porque me muero. Te he pintado porque siempre te he tenido... 

En ese instante, el pintor se detuvo en seco y sus pupilas se clavaron en los ojos del cuadro, atentos estos como si le escuchasen. El mundo se vino abajo de repente y, al final, tras un silencio qe reveló más de lo que quiso callar, los labios del viejo artista articularon un último mensaje, un movimiento con el que se oyó a sí mismo decir: 

—Te he pintado porque, aunque nunca he podido conocerte más allá de los óleos, más allá de los lienzos... Te he pintado... Te he pintado y sin más remedio. Te he pintado, después de todo, porque te quiero."
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