viernes, 20 de marzo de 2009

INCULTURA Y RETRÓGRADOS VARIOS

Ayer escuchaba la radio a altas horas de la madrugada (mi cama es mi mundo y el tiempo empieza a dejar de existir) y, en el programa en cuestión, se planteaba a los oyentes la pregunta de qué legado les gustaría dejar a los padres a sus hijos, con motivo del día del padre. Se referían a qué les enseñarían, lo principal.

Cada uno contestaba lo que le daba la gana, como es obvio, e incluso hubo uno que se fue, no por las ramas, sino saltando de árbol en árbol cuando empezó a hablar de que "canarias existe" y en favor de su independencia proque decía que no es España. No entro mucho más en en el tema, pero si nos remontamos lo que queramos, no existe nada, tan sólo unas cuantas tribus de un par de familias o incluso menos; y no tiene razón de ser.

El caso es que hubo un hombre que afirmaba que les enseñaría a sus hijos a tener vergüenza y respeto. El respeto me parece un valor muy importante porque, de hecho, cada vez parece tener menos cabida entre la sociedad más joven (y no tan joven). Pero, ¿vergüenza? No pude evitar relacionar esta vergüenza al sentimiento de culpa y, si además es por adoctrinamiento, ese sentimiento de culpa se puede convertir automáticamente en lo más negativo que puede haber dentro de uno mismo. Vergüenza de expresarse, por ejemplo, es vergüenza a ser libre. La vergüenza no implica respeto alguno, sino más bien al contrario: falta de respeto por uno mismo, en muchas ocasiones. Y, claro, la asociación fue rápida.

Me interesan mucho las religiones porque son muestras de la forma de ser de determinados grupos de personas, de una personalidad común y superior a cada uno: del grupo. Cada religión transmite unos valores a sus seguidores o simpatizantes. Y, para mí y para muchos otros, la vergüenza es un legado muy importante de la religión católica.

Tanto mandamiento, tanta orden, el deber de postrarse ante el "creador" (que hay que tener fé para que exista, una creencia que no se fundamenta más que en un sentimiento, quizás, infundado), el de acatar los mandamientos divinos —¿alguna vez ha hablado este sumo creador omnipotente con alguien y se puede demostrar? igual no, pero hay fé—, de postrarse a su voluntad a través de unos privilegiados autoproclamados que dicen defender su voluntad... Implica todo eso, en muchos casos, un sentimiento enorme de vergüenza y culpa arrastrado desde el momento del pecado original. En otras ocasiones, cuando no se consiguen la culpa o la vergüenza, hay que echar mano del miedo; el infierno espera (pero eso sí, según quién lo diga). Y, en caso de existir este lugar, quizá muchos tendrían que leer el Descensus.

Todo esto sólo me sirve de introducción para ver en qué mundo de ideas, suposiciones e historias anónimas se mueve la actual religión católica; para ver que es un mundo en el que los más poderosos y de más rango necesitan condicionar a sus seguidores a que tengan miedo de un Dios al que no conocen, que es todopoderoso y, como ellos mismos dicen, sean temerosos de él. Temerosos... Hay que tenerle miedo porque es Dios y está ahí para castigar (a quién no cumpla sus supuestos mandamientos).

Aunque hay religiones que, en lugar de fomentar el miedo, la culpa, la vergüenza y la obediencia, intentan fomentar el amor. Yo, en el cristianismo, no me lo creo porque lo hacen por obligación y miedo al castigo; eso no es sincero. Cuidado, que no me refiero a los fieles y creyentes, sino a las "altas esferas" del mundo católico, a quienes tienen el poder, que los de abajo son más personas que ellos.

Una muestra muy clara de que sólo se mueven ntentado infundir temerosidad y obediencia son las declaraciones del jefe de la iglesia actual: Benedicto XVI. Ojo, que este hombre participó en su día en el proceso de descubrimiento y traducción de los manuscritos del mar muerto, entre los cuales figuraban numerosos evangelios no canónicos —que viene a ser que la Iglesia no les parece bien lo que dicen— y, como encargado de la institución de la que Jesús es propiedad, decidió enviar los menos convenientes a la biblioteca del Vaticano y guardarlos bajo llave para que nunca vieran la luz. Eso suele ser el papel del censor en el cine. Una película muy interesante al respecto es Stigmata, y la recomiendo encarecidamente.

Las declaraciones a las que me refería no son otras que las del Papa en las que afirmaba, hace apenas dos días, que el uso del preservativo no favorece otra cosa que el agravamiento de la epidemia del sida.

Estupideces se oyen todos los días y algunas de ellas son muy divertidas, pero este hombre no tiene ni la más remota idea de lo que está diciendo. ¿Me quiere decir que el uso de un medio tan probado para evitar la transmisión de enfermedades tan graves, como lo es este síndrome, es causa precisamente de su contagio? Y, además, va y proclama a los cuatro vientos que la solución pasaría por una reforma moral del concepto de sexo.

Yo, lo que me pregunto entonces es qué demonios entiende esta persona de sexo, él que no lo debe de haber practicado en su vida, que no tiene ni idea de cómo es, de por qué se hace y que desdeña la aplastante realidad de que es una faceta humana natural e innegable. Por supuesto, lo que pretende este personaje público es que los pobrecitos africanos, que son menos persona que él porque pecan mucho, se abstengan por la simple razón de que eso va en contra de la voluntad de un ser superior que, por otra parte, no les evita en ningún momento el sufrimiento permanente en el que se ven sumidos sin posibilidad alguna de escapar. Es pecado, con eso basta.

El pecado es un invento de la Iglesia, nuevamente, para obligar a sus seguidores a dejar de ser tal cosa y convertirse en poco menos que incondicionales que no puedan razonar, sólo seguir órdenes, mandamientos. No quiero ofender a nadie con esto porque cada uno es libre de creer o no creer, como yo no creo, y su posición es tan válida como feliz le haga; solamente reflejo lo que hace la Iglesia, porque resulta que en la época de los cristianos gnósticos, la institución en cuestión se vio a obligada a perseguir y acabar con estas gentes por el hecho de que no podían dominarles porque ellos llevaban una vida en que respetaban lo que ellos ya mandaban pero no por respeto a la Iglesia o por obligación ante Dios, sino porque creían que era la única forma de vivir, la forma decuada.

En caso de ser católico (estoy bautizado y comulgado, pero eso ya me parece simples festejos familiares), yo sentiría una vergüenza tremenda de tener un representante con tan poca vergüenza y tan alejado de la realidad. Si pretende que la epidemia del sida desaparezca con una reforma "moral" (menudo invento) de la mentalidad de sus seguidores, va listo. Lo único que va a conseguir es que sus adeptos más convencidos dejen de utilizar el preservativo y se contagie aún más la enfermedad que, por cierto, no es moco de pavo precisamente.

Ayer oía que lo que va a conseguir el Papa con estas declaraciones es que mucha gente muera. Y estoy completamente de acuerdo.
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