jueves, 26 de marzo de 2009

FUERA DE CONTROL

Llevaba mucho tiempo sin escribir ya...

" Después de la última calada, dejé que el cigarrillo que había liado minutos antes se apagara lentamente en el alféizar de la ventana mientras miraba cómo el resplandor incandescente de la colilla se desvanecía silencioso en el aire frío de la noche. Viendo temblar el mundo entero, me levanté despacio y me eché en la cama dispuesto a relajarme del todo, cerré los ojos al tumbarme y esperé que el sueño se apoderase de todos mis pensamientos. Así iba sucediendo, emborrachándome de ideas borrosas y de colores vivos, de olores lejanos, dulces y secos que me evocaban los paisajes más desconocidos e increíbles. Todo, como de costumbre, me conducía a la espera inconsciente de un nuevo día.

De repente, entre ensoñaciones fantasmales de sentimientos pasados y pasajeros, algo extraño irrumpió en mi intimidad más privada y me sacó del estado de tranquilidad en el que me sumía poco a poco. Como si me hubiesen arrojado violentamente contra una pared, abrí los ojos y noté que toda la realidad que me rodeaba desaparecía de golpe y se diluía en algo que no era capaz de reconocer. En la negrura de la habitación, cerrada y silenciosa, todo se transformaba, perdía su identidad y me resultaba extraño.

Al erguirme en la cama, unas manos invisibles me agarraron la cabeza y sus dedos se hundieron atravesando cuero, carne y hueso hasta el punto inexistente de mi consciencia. Cuando consiguieron llegar al centro de mis pensamientos, las manos empezaron a estirar en direcciones opuestas intentando rasgarme en dos, deshacerme en dos personas completamente distintas, irreales y complementarias, a las que siempre había visto, pero nunca escuchado.

Cuando el rasguido se convirtió en rotura de mi propio pensamiento, aparecimos tres personas encerradas en el mismo cuerpo. Una de esas entidades me gritaba iracunda y nerviosa por la traición que estaba llevando a cabo contra mi propio destino de forma consciente; aquél otro yo al que atacaba, sorprendido en la oscuridad de sus dominios, se asustó y quedó paralizado, congelado por un miedo atroz y vehemente que pretendía acabar con él de cualquier forma. Y esta estampa incompresible de una crudeza brutal y salvaje, era el espectáculo dantesco que contemplaba impotente y boquiabierta aquella tercera persona, ese observador de mis acciones que siempre me acompaña allá adónde vaya. El terror se apoderó de mi y salté de la cama en busca de algo que me conectase al mundo exterior, a la realidad.

Al no encontrar nada, al no saber qué buscaba exactamente en aquella discusión imposible, las lágrimas reventaron todos los impedimentos y brotaron descontroladas de mis ojos que, ansiosos, apenas acertaban a distinguir nada de lo que tenía delante. Torpe, conseguí encender el ordenador y buscar con pulso destrozado cualquier vídeo, cualquier voz que pudiese demostrar que la locura no se había apoderado de mí, que seguía siendo yo y nadie me había invadido e incapacitado. Estuve convencido, por un instante, de que la vida cambiaba y acababa en ese mismo momento, que pasaría a ser carne de laboratorio y me vería condenado a vivir en un mundo blanco, aséptico y vigilado en el que ya no podría ser nunca más yo.

Sin embargo, en unos minutos que parecieron encadenar varias eternidades, todo desapareció. Los seres que gritaban, se retorcían y peleaban dentro de mí, la traición que uno de ellos proclamaba y por la cual me castigaba sin piedad… Todo desapareció. Solamente podía entonces ya dejar que el pánico fluyese junto con las lágrimas, imposibles de frenar o calmar. La locura se había desvanecido, pero las secuelas sangrantes e invisibles de aquella revelación durarían todo el día siguiente, buscando alivio entre voces conocidas que pudiesen comprender lo sucedido. Algunos entendieron lo que había sucedido, pero nadie ha sabido nunca reconocer la verdadera naturaleza de mi intento inconsciente de autodestrucción.

Mi mundo se rebeló contra mí y me avisó decidido y con fuerza indomable de que no hay sino un solo controlador de mi vida; debía aceptar entonces,—por mucho que me esfuerce en complacer y en complacerme, en intentar hacer lo que yo creo que debo, en dirigir mis acciones de forma consciente— que ese privilegio no me corresponde a mí. "
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