domingo, 22 de febrero de 2009

COSTUMBRES Y FORMAS

Acabo de llegar del tanatorio y es la segunda vez que voy en dos semanas consecutivas. Desde luego, no es muy agradable. Muchas veces me he preguntado el por qué de estos lugares, de qué sirve reunirse para sufrir. Mi parecer es que lo que consigue uno al ir a un tanatorio es regodearse en el dolor, hacer más triste si cabe la muerte de un familiar o un conocido. Me parece un sufrimiento improductivo, porque no vas a obtener nada ni nuevo ni mejor de este trance; no vas a estar más tranquilo después de dos días de velar el cuerpo (y solamente eso: el cuerpo).

Hablando una vez de esto con mi abuela (cristiana creyente y practicante, ¡qué contraste!), que es con quien he hablado muchas veces de religión y, después de darle mi punto de vista, me dijo que puede que en ellos se sufriera, pero ese mal trago no es comparable a la experiencia de no tener otra opción que la de acompañar al difunto en el propio hogar. Sí, eso es otra cosa y me parece bastante bien.

Yo, cuando muera, no quiero tanatorios, ni entierros ni nada de eso. Bueno, que mi familia haga entonces lo que crea conveniente, pero me parece a mí que no... Incineración, que me parece lo mejor. Y pediría que echasen mis cenizas en altamar o en lo alto de una montaña.

Lo que sí que puede ocurrir alguna vez en un tanatorio es encontrate con una situación curiosa. Lo más normal es que alguien se ponga a contar chistes en petit comité para quitar algo de solemnidad. Si tienes suerte y unas tías abuelas como las mías, lo que te puedes encontrar es un momento de surrealismo muy cómico.

Las tres hermanas de mi abuelo (una de las cuales es la que he ido a ver al tanatorio) han sido siempre las muejres más alegres que he conocido. En los momentos de más cachondeo pueden soltarte la burrada más grande que puedan imaginar, pero en las situaciones serias son, a veces, peores.

Hoy, por ejemplo, cuando ya nos íbamos me he parado a escuchar la conversación que tenían con alguien. Me ha llamado la atención la frase "pues no he fumado yo tripis de esos". Si esto lo oyes de boca de una mujer de setenta y tantos, pues tiene su gracia. Pero lo mejor es que luego han seguido con "aquí me quedo tan agusto fumando porros y éxtasis" y han desvariado en otras drogas y perversiones de la tercera edad. Claro, quienes estábamos allí no hemos podido evitar reirnos.

Me parece curioso que la persona a la que estaban velando era su hermana. Mientras acompañaban por última vez a su hermana, con la que han vivido muy de cerca muchos años de su vida y que, además de hermanas, siempre me han parecido las mejores amigas, hacían bromas tontas y reían. "Yo no soy mayor", decía la de los porros, "que no levanto metro y medio del suelo".

No sé que les estará pasando por la cabeza ahora mismo (porque siguen allí), pero seguro que los recuerdos que están reviviendo son todos de los mejores que tienen. Y no porque sea intencionado, sino que puede ser que sean los únicos recuerdos que les vienen a la cabeza. Esta manera de afrontar la muerte, como un paso más, es lo que más admiro de ellas. Muchas personas dicen que aceptan la muerte como algo natural, pero no sé, si contáramos, cuántos lo sentirían así de verdad.

He salido un rato a acompañar a mi primo a que se fumase un cigarro y ha salido otro conocido del tanatorio. Yo creía que habría ido a ver a la abuela de mi primo, porque tocaron juntos en un grupo (no la abuela, aunque hubiese sido capaz, después de salir en un corto...), pero él estaba allí por un compañero de trabajo al que, dos meses después de jubilarse, le diagnosticaron un cáncer y no ha tardado ni un año en fallecer. Hemos hablado porco, pero ha quedado una pregunta en el aire antes de irse él: "Sesenta y cinco años trabajando, ¿para qué?". Después de cumplir, al hoyo, sin tiempo de disfrutar. Aunque la justicia en estas cosas no exista nunca: no es justo.

Y la muerte no será justa, pero sí necesaria. Igual el la respuesta a ese "¿para qué?" es simplemente para poder haber vivido todo lo que ha vivido, aunque acabe antes de tiempo. Todo lo que haya trabajado ese hombre, seguro que le ha valido para poder disfrutar de otro modo. Pero, desde luego, vivir para trabajar es morir trabajando.

Mis tías, a pesar de una vida no muy fácil que digamos, son las personas con mejor humor que conozco. Con varios hermanos enterrados ya (eran ocho), el humor no se les acaba. En sus ratos supongo que llorarán lo que tengan que llorar, pero no empañará los mismos recuerdos alegres.

Al final, lo que saco en claro de estas situaciones es que la vida no vale la pena si no la vives de verdad. Eso no significa dedicarse a muchas actividades, ni tener un trabajo genial, ni estar forrado de dinero hasta las cejas, sino mirar a la vida con ganas y sabiendo que de la única persona de que depende disfrutar, es de uno mismo.

Hay personas en las que se vé esta actitud con mucha más claridad y parecen tenerlo todo claro. A los demás nos toca aprender de ellas; aunque sea tarde.
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