jueves, 29 de enero de 2009

SUERTE

Cuando empecé a trabajar en Lacoste, descubrí una libretita en la que quien pasaba por la tienda escribía lo que le daba la gana. A mí eso me vino bastante bien y empecé a escribir cosas (al principio un poco raras, como el Cubo de Metatrón) y, luego ya, historias, preferentemente.

Esta que dejo aquí hoy es una de las primeras, sino la primera del todo. Iré copiándomelas y las publicaré aquí poco a poco, que a lo tonto son ya unas cuantas...

"Anclada al suelo con unas raíces negras de decepción y fracaso, la única actividad que podía llegar a desear era lo imposible. Sentada en el rincón, entre dos muros que se le venían encima, la única voz que supe interpretar eran el color y el brillo de sus ojos. Esas dos estrellas, años atrás, parecían ya pozos oscurecidos y anegados.

Seguimos sin hablar durante los escasos segundos que duró nuestra relación, pero sobraron las palabras en un tiempo que no hacía ninguna falta tener. Un simple “gracias” fue la única referencia del timbre de su voz. Lentamente, mientras el instante se acercaba al final, me fui dando cuenta de todo: de que lo que hasta entonces yo había conocido y aquello ajeno a mi propia cultura (y estatus, incluso) se fundían en uno solo. Así, comprendí el alcance de la tremenda escala de grises en que se mueve la humanidad.

Cuando, por fin, la moneda llegó al suelo, sólo me atreví a decir “suerte”, pues nada más en el mundo le sería útil a quien me miraba desde abajo con una sonrisa que demostraba más la desgracia acumulada que la alegría por ese mísero regalo."

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