domingo, 5 de junio de 2016

A TRAVÉS DE LA PIEL

"Cuando todo se detuvo, la más negra oscuridad se hizo en el mundo alrededor. La sombra, cuerpo inmóvil por la congelación del tiempo que había sobrevenido de forma inevitable y repentina, se alzó sobre el suelo unos centímetros. Suelo rojo de rocas ardientes que poblaban toda la extensión que la vista alcanzaba a percibir. Ahí estaba ese cuerpo oscuro e inmóvil, a centímetros del suelo y con piernas juntas y brazos extendidos a los lados, como si una fuerza invisible la hubiese crucificado de repente. Levitando y tiempo ausente, horas en minutos y segundos que duraban una eternidad, todo mezclado e incoherente en una quietud difícil de comprender. En esa postura de servidumbre involuntaria, de no poder hacer nada más, resistencia inexistente, a la sombra no le cabía sino esperar que el infinito se consumirse. Pero eso no ocurriría. 

Tan de súbito como el hielo que envolviese el tiempo, unos objetos extraños comenzaron a aparecer frente a la sombra, flotando en un aire inmóvil que no atendía a razones. Poco a poco, como en un sueño lúcido, se juntaron uno a uno hasta formar una maraña que, de tan a kilómetros que de encontraba, solamente unos pasos la separaban de la sombra. Eran palabras: palabras afiladas que flotaban en lo oscuro de la noche y se arremolinaban, chocando unas contra otras y combinándose en puntas afiladas que amenazaban con descerrajar. Ahí, frente a frente, se juntaban todas con un tono agresivo que acabaría en jirones de piel y sangre derramada. Y así fue, justo en el momento en que esas puntas de letras bien cimentadas comenzaran a moverse, a adquirir velocidad con dirección determinada, dispuestas a devorar la carne que se presentase por delante. Carne de la sombra que se abría para dejar paso a las puntadas que alcanzaban brazos, piernas, pecho... Que impactaron por doquier y con despiadado celo. Todas y cada una de esas palabras acertaron en su empeño y la piel, la carne, quedó desnuda por dentro y por fuera, como un libro abierto que nadie quisiese leer. Comenzó la tormenta y llovieron  las palabras despiadadas sobre la piel de la sombra eterna, inmóvil y dejada al querer del tiempo que no controlaba. Pero no había hecho nada más que empezar... 

Una vez hubo terminado la lluvia de palabras desgarradoras, el cielo volvió a quedar despejado en el centro de su negrura, ni una sola nube que diera atisbo de vida por allí. Nada, ni luz de luna que recordase nada. Fue un momento de calma que, como dicta el refrán, vaticinó más segundos eternos de tormenta bajo aquel paisaje despiadado. Venían ahora, a lo lejos, como llamados desde los más profundos infiernos, enjambres de sentimientos rabiosos que, de hermosos que eran, herían por ignorados cada hebra del mundo que atravesaban. Todos a una y en honda convicción se acercaban decididos a la sombra flotante que padecía lo que tenía que padecer. Se acercaban y amenazaba su presencia, ausente y salvaje en aquel mundo sin orden. Se acercaban y lucían sus puntas, como flechas de diseño espiral, girando en el aire con mirada demente, solo fija en el lugar donde van a perforar. Se acercaron, y tan de golpe, que la sombra no tuvo tiempo de verlas hasta estar encima, hasta notar el giro que abría la piel, que se adentraba en los músculos desprevenidos... No hubo tiempo de saber nada hasta que, muerte vencida, todo llego a su final. 

La sangre vertida a borbotones, la sangre que huía de las heridas de la sombra congelada en el centro del mundo, nacía tan roja como siempre lo había hecho. Fluía sin control desde lo más profundo, pero fluía e impactaba en el mundo de afuera. Salía roja, viva, candente... Y tanto lo hacía que, en un momento de aquella sangría, el carmín del líquido precioso se tornó un fluido luminoso que encendió la noche. 

Todo alrededor se iluminó con los hilos de sangre que brotaban de la sombra en el aire. De repente, como algo incomprensible que no se pudiese evitar, solamente el color de la luz daba vida a ese sufrimiento que relucía como si emanase del mismo sol. Atravesada y deshecha, la sombra comenzó su descenso de ese levitar tan inconveniente, que tanto la había expuesto a la inclemencia de la locura. En segundos, esta vez fugaces, tocó de nuevo el suelo y se arrodilló al instante, como aliviada de haber podido al fin volver. Y la sangre fluía y continuaba su discurrir ahora por el suelo rojo e incandescente de aquel interior. Todo ese sufrimiento se esparcía como una nube de semillas diminutas diseminadas por el viento. Ríos de luz brillante marcaban todo alrededor, respuestas coherentes al producto de la locura.

La sombra alzó la vista en el justo instante en que, desde esos charcos de luz que su sangre había formado en el suelo, el brillo inmenso del siempre alcanzaba la bóveda celeste de aquel rincón ignoto. Todo, absolutamente todo lo que se encontraba allí perdido quedó bañado del color dorado de una razón nueva que se destilaba a partir de lo más duro del más adentro. Todo se iluminaba... Todo cobraba el brillo de un final más necesitado que querido, más acertado que digno de esperar.

La sombra, al final, volvió a extinguirse en su páramo privado, ahora dorado por doquier, iluminado hasta el más mínimo rincón. La tormenta había amainado de golpe, pero quizá cuando ya era necesario. Ahora, en ese mundo tan distinto que marca el final de un principio, igual podría descansar de tantas ideas encontradas, de tantos sentimientos cruzados y, al final de todo, dejar el pasado congelado y sufrido y, de una vez por todas, de nuevo comenzar a caminar."
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