jueves, 14 de abril de 2016

EL MUERTO VIVIENTE

"Cuando la tierra se abrió en el cementerio de la ciudad, lentamente comenzó a aparecer una mano pálida, ajada y de piel agrietada que se retorcía en espasmos. Piedra a piedra, el hueco se iba agrandando para dejar paso a todo el cuerpo que venía detrás. En apenas un par de minutos, el muerto viviente se erguía ante su propia tumba, tambaleándose y con la mirada ausente, fija en un punto perdido del firmamento. Pedacitos de tierra y pequeñas piedras caían rodando por los jirones de ropa que quedaban en aquél cadáver que regresaba desde otro mundo hasta colarse de nuevo en el agujero que su repentina vuelta a la vida había dejado, una tumba que ahora quedaba abandonada por su único ocupante.

La luna brillaba en lo alto de aquella noche, y lo hacía con tal intensidad que eclipsaba a las estrellas que tenía alrededor. De resucitar en algún momento, aunque fuese como un cadáver andante, ya podría haber sido cualquier otra noche. Aquel fulgor cegaba al ex-muerto agonizante. Tenía la sensación de que, de repente y sin previo aviso, sus ojos saltarían de las cuencas agusanadas que ahora habitaban en busca de la ceguera más absoluta. Antes no era así. Quizá cuando todavía conservaba la vida fresca y sin tocar, aquellas luces le hubiesen parecido incluso tenues en comparación con los días vividos. Pero esa noche, había una belleza tan enorme en aquella luna que no podía soportarlo, ya no, nunca más. Ahora, muerto por dentro y por fuera, muerto a más no poder, el exceso de belleza y brillo que se encontró en su revivir, quemaba y dolía como nunca hubiese imaginado en la vida que pasó buscando precisamente aquello: la belleza. Se acabó todo y la muerte era un lugar distinto, incluso estando vivo... Tanto dolor se precipitó dentro del nuevo zombi que, inconscientemente, se echó las manos a la cara y, apretando con tantas fuerzas como pudo, se arrancó los ocupantes de esas cuencas que, ahora sí, lucían vacías y ausentes de todo; de todo menos de gusanos, si acaso. Pero el dolor continuaba, a pesar de que ya no era capaz de contemplar toda aquella belleza que le rodeaba y que se le vencía desde lo alto. No podía ser, si ya no tenía ojos para ver el espectáculo...

El no-muerto se quedó instantáneamente quieto. Ni uno de sus raídos músculos daba signos de vida; o de cualquier cosa, más bien... El sufrimiento seguía pero, ahora que no podía ver lo que ocurría fuera de sí mismo, la sensación cambió. ¡Los pulmones! ¡Eran los pulmones! El aire alrededor era tan fresco, tan nuevo, tan húmedo y agradable que no hacía sino arañar a su paso por el interior del cadáver que volvía. El frío se pegaba a las paredes de nariz, boca, pulmones... Cosa que lo hubiese hecho sangrar, de no ser por la minucia de que ya no le quedaba ni una gota. Después de todo, aquella había sido la razón de su muerte: sorbo a sorbo, toda su energía se marchó en forma de hilillos rojos que se quedaron por el camino, destrozados y luego ignorados por todo lo que importaba. Ni una gota, como un muñeco de trapo que se deja hacer lo impensable, y no por no poder evitarlo, sino por no tener ni el ímpetu de hacerlo. De algo hay que morir... Pero se quedó, en aquella noche ahora oscura de ni una sola luz, sin una gota de las que pudiese tirar, y eso le venía que ni pintado. Al menos así lo creyó al morir, porque la resurrección le había descubierto que ni por asomo. Sin sangre y sufriendo por ese frío tan corrosivo que le llenaba unos pulmones agujereados por el tiempo y el esfuerzo: respira hondo, respira hondo y cierra los ojos... Ya no servía esa frase que le calmaba los nervios en otro tiempo, en otra vida; en vida, simplemente. Ahora el aire cortaba como un cuchillo helado. La solución, pues, no pasaba por otra cosa que no fuese esa idea persistente que se le formaba sin querer en su ahora reducida imaginación. Como hiciese antes, el zombi movió los brazos y dejó sus manos a la altura del pecho, apoyadas en sus huesos y jirones de carne. Durante unos segundos, así permaneció, como meditando el siguiente paso, hasta que con un rápido gesto apresó los maltrechos pulmones y los arrancó de su cavidad. Al fin y al cabo para qué los iba a necesitar ahora que ya no quería ni precisaba respirar.

No se detuvo. El dolor no cesó ni por un instante cuando los pulmones, envejecidos por la humedad del suelo y una muerte que a saber cuánto había durado, aterrizaron frente a sus pies. Un pequeño gusano, larva seguramente de cualquier tipo de mosca, salió de entre la uña de uno de los dedos y, curioso, se acercó examinar aquello que acababa de aparecer ahí delante. Lentamente, el gusano comenzó a devorar aquel manjar de años que se le había presentado. Seguía el sufrimiento y ya no era entonces ni por la belleza que ya no podía ver, ni por un aire espeso y frío que lo alejaba de la realidad y lo mataba por dentro. No era aquello tampoco y ya iban dos las veces que se equivocaba y lo pagaban los maltrechos restos de su cuerpo. ¡No podía ser! ¿De qué servía morir y luego volver a la vida, si al final el dolor seguiría latente y, por lo que parecía, oculto? Tenía que haber algo, que salir de algún lugar, porque no podía ser que aquella forma de pasarlo mal no tuviese explicación alguna. Entonces apareció una idea.

Ciego y sin necesidad ya de respirar una sola brizna de aire más, el muerto tuvo una revelación. Si ya no podía ver o tomar aire, quizá la culpa de todo aquel malestar que le seguía comiendo el interior a dentelladas tenía que ver con la sensación que le recorría la piel. Esa sensación, como si algo fuese a ocurrir, algo bueno, no dejaba de erizar el poco vello que había sobrevivido a su confinamiento bajo tierra. Insoportable era la palabra que más se le venía a la exigua imaginación. Intentó rascarse con el inútil resultado de arañar la piel una y otra vez. Como si de escamas se tratase, trocitos de cuero saltaban de los antebrazos de aquel cuerpo de carne azulada y envejecida. El dolor no se mitigaba, así que el zombi continuó arañando, rascando y haciendo mella en sus brazos, en las piernas, por el cuello... Por todo el cuerpo rascó el antiguo vivo hasta que no quedó el más mínimo rastro de piel. Ya no había lugar para aquella sensación que lo recorría, ya no había vello que erizar, o piel que estremecer; ya era un amasijo de carne desnuda y expuesta a todo. Pero el dolor no emitía, no detenía su avance y ni tan siquiera reducía su intensidad.

El muerto empezaba a volverse loco. “Un muerto loco”, pensó y sonrió ante aquella idea. Pero era insoportable. Aquella situación lo estaba destrozando por dentro y por fuera. No podía calmar la aflicción que, de alguna forma, le había atacado al volver a la vida o a lo que fuese que se pudiera llamar a su estado.

—Joder, resucitar para esto... Si lo sé, me quedo bajo tierra —dijo esta vez en voz alta, cabreado con el mundo.

Pero, ¡eso era! El dolor estaba tanto dentro como fuera y, si afuera ya no le queda nada con que percibirlo (o eso había intentado con sus mutilaciones voluntarias), quizá todo fuese un reflejo de lo que andaba en su interior. Ya no tenía con qué ver, con qué respirar o con qué notar la brisa al pasar alrededor. Ya no quedaba nada con qué sentir toda aquella belleza que le daba de lado; tanto que la buscaba, tanto que le era imposible conseguirla.

En un último acto de consciencia, el muerto volvió a poner su mano derecha sobre el pecho, justo al lado del hueco que había quedado tras la emancipación de sus pulmones. Un gesto rápido y la mano atravesó de nuevo las barreras que la separaban del interior de aquel torso cada vez más vacío. Una vez dentro, la huesuda mano apresó el corazón del zombi. Sorprendentemente, el órgano permanecía allí, intacto desde el momento de su muerte, latiendo incluso sin sentido pues ya no quedaba qué bombear. Pero, entonces: ¿por qué se movía? ¿Por qué seguía funcionando? De repente, lo entendió y los dedos fríos hicieron toda la fuerza posible en aquel estado de muerte relegada. Estaba en lo cierto, y aquello era la solución definitiva. Nada recordaba ya del mundo anterior, de la vida que había llevado; tan sólo quedaba aquella sensación de dolor y de no saber, de no tener ni idea de por qué suceden las cosas. Pero había dado con la solución.

Una vez arrancado su propio corazón, toda sensación desapareció. No hubo dolor, no hubo tristezas, no hubo nada, ni alegría siquiera. Pero ya no necesitaba de la alegría, pues nada le afligía ya. Satisfecho, si así se pudiese decir, el zombi se encaminó de nuevo hacia el agujero de la tierra de donde había salido. Por fin, de una vez por todas, estaba fuera de todo, oculto de veras a cualquier cosa que pudiese venir. Y, ahora sí, el muerto estaba muerto y ya no volvería jamás."

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