viernes, 8 de mayo de 2009

LOS OJOS

A pesar de lo que dije, estar en casa encerrado con el pie en alto no ha sido lo mejor para la creatividad y he descudiado el blog (y a mí mismo, en cierto modo) un poquito bastante. Pero ayer leí una cosa que me hizo acordarme de algo que escribí hace un par de veranos. Aquí lo dejo a ver qué os parece.

Como siempre, un poquillo mío, jeje.


"
Durante toda la noche he tenido una sensación extraña, como si alguien, desde algún lugar escondido y secreto, me siguiese con la mirada. La sensación de sentirme observado, de temer que cada uno de mis movimientos sea controlado por alguien totalmente desconocido y ajeno, con mil ojos que me atraviesan de parte a parte y ven todo mi mundo interior expuesto, tendido a la luz del sol; luna, en este caso.

Poco a poco, ha ido tomando forma en mí un sentimiento distinto, forjado a base de inseguridad, de temor, pero también de una curiosidad inmensa. Esa sensación me ha perseguido inexorablemente el resto de noche que nos quedaba por delante. Esos ojos han pasado, sin querer, a un segundo plano eclipsados por el creciente fervor inquisitorio. De eso, en cierta forma, me alegro.

Lo que me hace preocupa mucho más es que, a partir de ese momento, toda mi atención y mis pensamientos se han centrado en averiguar a quién pertenecían esos ojos ocultos. No ha habido forma. La noche ha transcurrido con normalidad, salvo por el sentimiento de nerviosismo que me devoraba por dentro.

Ya en mi habitación, me he parado a pensar un momento más, dispuesto a zanjar el asunto antes de dormirme. Después de darle muchas vueltas, he decidido que no valía la pena el esfuerzo, porque jamás podría averiguar una cosa como la que pretendía. Desde luego, carecía de sentido todo aquello, todas esas sensaciones enervantes sin ninguna base real.

En ese preciso momento, al cerrar los ojos con la luz ya apagada, otro par de ojos inmensos ha aparecido ante mí. Eran de un color marrón profundo, pero con un brillo muy nítido y definido. El fino aro de un tono más oscuro, casi negro, que delimitaba el iris era de una perfección y belleza asombrosas.

Sin siquiera abrir mis propios ojos, he seguido mirando fijamente esos otros que se me presentaban en la oscuridad de mi habitación llenando todo el espacio. ¿Por qué ocurría aquello? ¿Por qué unos ojos preciosos e inmateriales aparecían sólo para mí? La respuesta tardó tanto en aparecer como el sueño.

Cuanto más los miraba, más me adentraba en una serie de razonamientos que, al principio, me parecían totalmente absurdos. Estas ideas comenzaban por la primera y más singular de todas: los ojos estaban ahí, ante mí, para hacerme sufrir. Era algo incoherente que, por otro lado, tenía una fuerza especial que lo hacía irrefutable.

Cuando traté de saber cuál era la razón de ese sufrimiento que pretendían infligirme, sólo encontré como respuesta una visión inquietante. Los dos iris se iluminaron repentinamente con un fulgor extraño y cálido que me envolvió y me dejó anulado por completo, a merced de esas imágenes que ahora se me presentaban. De forma pausada, una realidad diferente a la que yo vivía en ese momento fue sustituyendo elemento tras elemento hasta que consiguió desorientarme y no saber ni dónde estaba ni cuándo.

En esa nueva situación, la silueta de una mujer se empezó a materializar frente a mí. Los ojos fantasma habían desaparecido cuando comenzaron las visiones, así que casi me había olvidado ya de ellos. Poco a poco, la silueta oscura de una chica empezó a tomar forma justo delante de mí. A pesar de que la distancia que nos separaba era muy poca, ni un metro siquiera, parecía que la figura se encontraba a kilómetros. Esa idea de separación gigantesca me atormentaba terriblemente ya que, no sabía bien por qué, tenía que llegar hasta ella costase lo que costase.

A pesar de esa distancia, la imagen femenina se fue aclarando o, más bien, cobrando nitidez. Cuanta más claridad poseía, mayores eran mis ansias por tener cerca a esa aparición. En este punto, sin embargo, los rasgos aún quedaban demasiado difuminados como para distinguir quién era. El pelo, las manos, ya casi todo el proceso estaba completo. Únicamente faltaba el rostro por dibujarse.

La inquietud me comía por dentro y las ganas de terminar de una vez por todas con toda esa historia me hacía latir el corazón aún más deprisa. Tumbado en la cama, mis movimientos, inconscientes, eran cada vez más rápidos y exagerados. Parecía que todo el cuerpo estuviese reaccionando de mala manera ante la contemplación de aquél descabellado espectáculo.

El rostro cobró forma definida. No conocía a esa mujer que, con los ojos cerrados, estaba de pie justo delante de mí, a varios kilómetros de distancia. Las líneas de la cara eran de una delicadeza increíble y el color de la tez, tan pálido como la poca luz de luna que entraba por la ventana abierta. Las manos se me escapaban en dirección al rostro de la chica intentando acariciar lo que jamás podría haber siquiera tocado. La nariz era redondeada y pequeña. Los labios, de un color rosa pálido que me atraía de forma singular, que parecían llamarme sin moverse siquiera. Seguí examinando aquel semblante tan desconocido como hermoso. Las orejas, pequeñas, parecían las de una niña y le daban a la cara un aspecto de inocencia tal que rompí a llorar de alegría porque existiese algo así y, ala vez, de tristeza por saber que estaba tan lejos, que los tendría que perseguir toda mi vida.

De repente, la chica abrió los ojos, cerrados desde el principio, y ante mí se dibujaron esos que, un rato antes, me habían invitado a presenciarlo todo. Esos ojos que, de tan perfectos, me dejaban blanco y sin palabra alguna, que parecían hablar por sí solos. Esta vez, sin embargo, pertenecían a un conjunto, lo que hacía que la cara de la chica resplandeciese en la oscuridad.

Ahí acabó todo y yo caí en un sueño muy profundo del que desperté al mediodía siguiente. Nunca he sabido por qué me sucedió todo aquello a mí precisamente. Sólo sé que, desde aquel momento, hay épocas en que esos ojos vuelven a mí y me muestran otra vez la figura de la chica, ya siempre definida. ¿Lo que me dicen? Que la búsqueda ha terminado, que por fin encuentro lo que me faltaba y lo que tanto había deseado. Pero el final de su discurso sin palabras es siempre el mismo: esos ojos me quedan reservados únicamente en noches de sueños y reflexión. Mi respuesta es siempre la misma: “llegará el día”.

Después de eso, la oscuridad vuelve a abrazarme y me noto ahogado en un tranquilo mar al que ya me he acostumbrado."
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