martes, 19 de mayo de 2009

LA NOCHE DEL ALMA

""" Es de noche. La muerte lo inunda todo y el alma cobarde se vuelve loca. El miedo lo llena todo en la oscuridad del vacío en que todo surge y se desintegra. Aterrada, el alma se retuerce y revienta sus pulmones en gritos apagados, nadie escucha los sonidos. La cabeza le gira en todas direcciones y se orienta hacia el rostro inexpresivo que la espera a lo lejos.

Al acercarse a ese ventanal, el exterior se vuelve un reflejo animado de ese interior insensible y desesperado por matar: nada dentro, nada fuera. Tan sólo el caos se entrelaza con el silencio en una maraña salvaje que se escapa en busca del centro pulsante del ser que los alberga.

Desquiciada, el alma cobarde se vuelve a retorcer y a correr desordenada con los ojos bien abiertos, pero sin ver nada. Otra vez se detiene tras el rostro y lo contempla, impávido y serio, fija en ningún punto su mirada. Incapaz, vehemente o ciego, ningún cambio tiene lugar; ni un músculo, un solo guiño o un parpadeo. El rostro mantiene insensible la mirada.

En el ambiente no hay nada más que muerte, un gel estático y vibrante que lo paraliza todo y degrada lo que encuentra. El alma cobarde e infeliz explota en llamas que a la vez apaga en lágrimas de rabia que la recorren lentamente, humeando y dejando al alma confundida en ese ambiente vacío. El fulgor, que apenas dura unos segundos, arde durante siglos en la piel del alma cautivada.

Pocos segundos después, el alma se había unido al caos que la rodeaba y estaba oscura, despedazada y esparcida por todas partes, inerte, inexistente. El vacío lo devoraba ya todo y en ese lugar oscuro, por fin, no quedó nada.
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