sábado, 2 de octubre de 2010

BREVE INSTANTE DE UN SECRETO

Quizá los años me acompañen hoy al hablar. Quizá, perdido en mi pensamiento y en tu figura, el tiempo no avance ni destiña imágenes al pasar. Quizá, por haberme visto tantas veces en una situación idéntica, ya nada sea nuevo o distinto. Quizá, al haber conocido de cerca tu respiración, nunca vuelva a oler el aire igual. Quizá, al pensar en que te tengo, sea consciente del muro que se alza entre los dos. Quizá, cuando caiga el sol, la noche me dirá dónde buscar. Quizá, por coincidencia, sigues esta noche sentada frente a mí. Pero solamente quizá.

Los años me dan una razón equívoca, ambigua y de recelar de todas estas ideas que, por el paso ineludible de un segundo tras otro, acrecentan mis recuerdos de ti. Por más que me encuentre sujeto a esta obligación tan placentera, nunca dejaré de sorprenderme al levantar la vista y ver la tuya, al respirar un aire fresco y nuevo cada noche de éstas. Cuantas más vueltas le doy a que si no es contigo, no será con nadie, más fuerzas cobra el ímpetu por destrozar fragmento a fragmento esta idea estúpida de imposibilidad que me frena; y, si resiste, me crezco y me supero. Cuando no haya luz para ver el camino que deba seguir, quedará la que siempre me ha deslumbrado y no necesitaré ni camino ni tan siquiera indicaciones. Si te tengo frente a frente, sin apenas respirar, es porque tanto el tiempo como el destino (menos forzoso que forjado) me seguirán dando la razón para no parar.  

Todo contestado.




Ahora mismo, mi único pensamiento está en ti. Ni por fuera, ni siquiera por dentro: es un todo que me atenaza. Esclavo de tal sentimiento, me armo de ira y me desprendo de todo aquello que me ha rodeado muerto e indeciso, escondido por rincones hasta que la luz conveniente brillara en el horizonte, hasta que las sensaciones equivocadas se incubaran en mí. Pero todo está limpio ahora. Durante un breve instante —que para mí durará la eternidad— soy quien nunca he sido y quien nunca ha hablado. De ahora en adelante, sólo me rodeo del futuro mismo y lo contemplo. Elijo una posibilidad que llena mi espacio y, sin casualidades que valgan, en ella estás tú.

Destrozo el estupor y abro los ojos a mirarte de nuevo y ahí estás: tan quieta, tan brillante, tan cerca. Que las ideas vuelen y que no vuelvan si no quieren, que en este momento no me hace falta nada que la cabeza me pueda brindar. Y, si es por brindar, a la nada: acecha mis pasos, pero que no me alcanza. Todo lo que me basta está aquí dentro, escondido en algún lugar de todo éso que parecen restos, pero que son reliquias sagradas que siempre querré conservar. 

Y así, con el interior tan lleno y los ojos tan fijados ti, mis labios se empiezan a mover. Describen formas de palabras que, por secretas, no puedo pronunciar. Todas las frases eternas que he podido hilar, los pensamientos más hondos, más oscuros, más brillantes, más amargos, más hermosos se mezclan en el leve abrir y cerrar de mi boca. Cada movimiento describe una forma de tu cuerpo; cada soplo desapercibido que sale colorea el recuerdo del tacto de la piel. De los hombros, del cuello, del vientre, de las manos..., de cualquier parte mientras sea tu piel. Dicho y hecho: el instante ha caducado. 

La realidad regresa aplastante y no tengo en qué pensar. Ante mí: otra vez tus ojos, el agua, las piedras, las luces, los barcos... todo en su lugar. No he dicho nada, ¿verdad? Eso espero porque quiero guardarme el secreto y que no lo conozca nadie. 
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