viernes, 20 de noviembre de 2015

HISTORIA TRISTE DE BAR

"Las siete y cuarto de la tarde. Un bar cualquiera. Uno al azar, pero tan conocido y acostumbrado que cada rincón y cada sonido se hacía familiar hasta la saciedad. Una mesa redonda mal limpiada en la que descansaban dos tercios sobre sendos posavasos de cartón. El aire, tan repetido hasta la saciedad, recalcaba las mismas canciones; hasta las paredes las tenían aprendidas de memoria. Allí, rodeado de una oscuridad tan elegida como inevitable, un hombre se sentaba a la mesa vacía salvo por la presencia de los dos botellines. Gota a gota, la espera se alargaba como la humedad condensada sobre el vidrio. Tiempo al tiempo, y momentos que no llegarán... Pero entonces comenzó a sonar esa canción tan adecuada que daba qué pensar. “Y tu vientre sabe a pan”, decía, ése tan olvidado como guardado con recelo a salvo en un rincón de la memoria. 

Las siete y veinte y seguía sin aparecer. El hombre, acostumbrado a la tardanza de aquella a quien esperaba, no encontraba nada de extraño en ese discurrir de minutos perdidos; era como siempre, como fue la primera vez y como así había seguido. Al fin y al cabo, qué son veinte minutos comparados con una vida entera. Una vida... No era por esperar, no era cuestión de estar sentado en un mismo lugar, impertérrito, a pesar de todo y de la nada que pasaba por delante. No era por espera, sino por necesidad que los minutos se hacían tan largos cuando ya debería haber llegado, cuando el rostro de un destino encontrado por casualidad cruzara el umbral de aquel local perdido de la mano del tiempo. Sólo verla aparecer, nada más... 

Siete y media. Lentos como los tragos a la cerveza, se escurrían lo segundos y los clientes del bar. Todo ajeno como perdido en una realidad paralela que habita justo al lado, el discurrir del momento se evadía de sus ojos. El espacio se reducía a una mesa redonda mal limpiada con dos tercios: uno entero a la espera, otro casi vacío de ansiedad. El retraso aumenta el deseo; pero el tiempo, hiriente en su paso indiscriminado, lo tiñó en ese momento de un color rancio y masticado, digerido y desechado de mala manera por recuerdos que no debían volver. La espera, aunque larga y sin motivo, valdría la pena al verla aparecer por aquella puerta de metal, tan altiva como siempre, tan hermosa, tan... Tenía que aparecer. 

 A las ocho de la tarde el tercio que no había sido repuesto por un segundo, en la oscuridad de ese rincón del bar en que nadie más entraba, lucía como los restos de una vida pasada, de algo anhelado y nunca conseguido, inerte ante la falta de quien tenía que haberlo consumido. El hombre, apoyando los codos en la mesa y oculto el rostro tras las manos, se concentró en evitar el momento, en salir de allí, en volver a aquel mar de colores que una vez, meses atrás, fue su vida, a otro momento en aquel mismo lugar. Recuerdo a recuerdo, el ansia menguó en un deseo conservado se quisiese o no. Sin embargo, esa necesidad nunca desaparece y al final surgió el hueco, la falta de todo y el recuerdo de aquel BMW blanco. Ahora todos los coches de la calle eran coches blancos de aquella marca y modelo; cómo olvidarlo. 

A las nueve de la noche, el hombre decidió levantarse de la mesa. Tambaleándose tras más de cuatro cervezas, a oscuras, a solas, con la única compañía de la música de aquel bar, se acercó a la barra y sacó la cartera. Un billete fue suficiente para pagar lo consumido y lo que se quedaba en la mesa intacto, con el único desgaste de todo el tiempo que los ojos de aquel cliente habían pasado observándolo con ojos vacíos. Un sólo billete valdría para dar cuenta de todo aquello que no había sucedido esa noche y que, en conmemoración pues de eso se trataba al fin y al cabo, no sucedió meses atrás. 

A las nueve y cinco, el hombre salía por la puerta del establecimiento como debió hacerlo en junio de ese mismo año. Un paso tras otro intentando mantener la vertical mientras una mano abrazaba el vacío que en otro momento debió ser la cadera más deseada. Sonidos de únicamente dos zapatos sobre el asfalto frío y húmedo que ya había olvidado aquel verano en que los pies del hombre salieron por primera vez a solas. Había olvidado aquella noche en que un BMW blanco abandonó su carril de forma inesperada. Había olvidado el terraplén y las luces intermitentes, las luces azules, las blancas y las rojas, la gente corriendo y el no poder salvarse. Había olvidado que al final nadie llegó a tomar aquél tercio que nunca debió calentarse. Había olvidado que el hombre tendría que salir del bar a solas, con la mirada perdida, obsesionado por un mensaje de texto que acababa de recibir, con la presión en la garganta. 

Aquel asfalto ya lo había olvidado en un ir y venir de los días. Pero él no, él no lo olvidaría jamás. A oscuras cada tarde de junio, el hombre esperaría lo inesperable en la oscuridad de aquel bar. Y obligaría al salir a aquel asfalto traidor a que nunca ignorase el recuerdo de aquella noche en que uno fue solamente uno, pero hubiese debido ser dos. Si nunca llegó, nunca llegaría, pero el pasado quedaría sin duda guardado en un rincón interior que lo ocuparía todo. Así, a pesar de lo ocurrido, nada moriría, nunca más y sin ningún motivo. Aunque solamente fuese recuerdo, cada noche estaría presente en una mesa medio vacía, de cerveza sin beber y de otras tan consumidas como no deseadas. Pero olvidar, nunca; nunca olvidaría."
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