martes, 16 de julio de 2013

LA MUERTE DEL SOL

"Una noche, el sol murió. Acostumbrada la oscuridad al brillo nocturno de aquél sol de medianoche, su luz desapareció entretejida en los retales de la falta de interés, el agotamiento y la ausencia de espectador alguno ante la maravilla que suponía a esas horas, alumbrando la noche del alma. El calor de los rayos que desgajaban el hastío se diluyó en el rocío de la congelación de las emociones y desapareció con la estrella. Comenzó a caer la nieve y el paisaje oscuro quedó sepultado bajo un manto de palidez y falta de energía, de inactividad y ausencia de la reacción ante el mundo. Todo a oscuras. Todo lento, todo vacío y atascado, perdido en los sueños vividos y en todo lo imaginado.

La Luna, que respondía al sol, se vio a su vez, ante lo repentino, desprovista de la fuente de su vida, del único motivo de ser durante esa noche, como faro del olvido. Vivía en la imagen suavizando las ideas, aclarando  jirones de nubes para desenterrar del reseco suelo de un desierto los brotes de una vida en su máxima expresión. Vivía, pues no hacía otra cosa, para el deleite único de los únicos ojos que miraban hacia lo alto en su busca. Cielos hay tantos como deseos lejanos, como esperanzas del curso de los años de cada uno de quienes las albergan; y en este, la luna perdió la luz que la animaba y le hacía proyectar su imagen en la noche. El sol había muerto y, con ellos, las ganas de crear mundos distintos, de esforzarse, la actividad, los sueños.

Empezó a llover; de repente. Millares de pequeñas gotas comenzaron a caer mecidas por el viento en imparable descenso, balanceándose de lado a lado con suavidad. Se desató la tormenta, pero la tranquilidad seguía reinando, sobria e inamovible, serena con la quietud de la aceptación del destino y el azar. Sin embargo, cuando esas gotas llegaron a la altura de los ojos de aquel espectador estupefacto, éste se dio cuenta de que no era agua lo que caía, sino palabras. Una tras otra, se esparcieron por el suelo en hileras que se enlazaban unas con otras en frases incoherentes. Todas, una detrás de la anterior, formaban grupos que relataban mil historias vividas e imaginadas. Caían al suelo, se apareaban por aparente azar y, una vez expresado su deseo, se disolvían en un mar, oscuro ahora sin luna, ahora que no había sol. Las palabras, derramadas y perdidas, fluyeron por la oscuridad del momento en una tierra que se embebía de ellas para olvidar. Murió la Luna, murió el sol, y todo quedó diluido en el silencio de no saber, del no pensar y del no sentir.

Pero la oscuridad nunca es para siempre, así que un nuevo sol ha de nacer. Con su luz, la más brillante de este universo único, impregnará la Luna, una nueva y radiante; y la oscuridad del cielo de un invierno en la  penumbra, del abandono de la imaginación,  se volverá clara como la luz del día. Llegará, como llega siempre, el momento de ver nacer un nuevo Sol."
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